sábado, 31 de enero de 2015

1 Elementos Silenciosos

1

Todo vuelve en flashbacks, al igual que el comercial de una película. 

Inicia con el sonido del apagar de un monitor medico, un sobre de azúcar. El color blanco ese color inundaba todas las escenas. Estaba en los dedos, en la ropa, en la naturaleza, en la vida, y el hablar. 
Había un constantes hablar, que no se podía diferenciar. da gente gritando, murmurando mentiras y diciendo verdades. Era un dolor de cabezas, de varias escenas que no lograba entender y recordar. 
Me estaba ahogando en los pequeños momentos, y lo que me quedaba en eco era el nombre Tadeo. Era el ancla en la historia, no estaba en ninguna parte y en todas. El detonante que causo mi presencia en el exterior. 

Me habían dado una palmada a la espalda, una bolsa de pastillas y un adiós. Sin explicaciones pero con normas a seguir. 
Llevaba diez minutos parado, las puertas a mi espalda, y la explosion de colores en mis ojos. Podía ver a mis padres en el auto. 
Las manos impacientes de mi madre y el arreglar de su anteojos. El constante revisar del tiempo de mi padre y la incomodidad del asunto. No habían salido del auto, queriendo evitar llamar la atención y dejar evidencia de los sucesos del ultimo año.
Con la capucha puesta y los dedos jugando con un sobre de azúcar azul, me dirigí hacia ellos. Fuimos por calles traseras y la ruta, siete horas de viaje para llegar tres pueblos de distancia desde donde partimos.

Entramos a la casa en silencio y el almuerzo fueron las típicas repeticiones de: 
“Pasame la sal, por favor” 
“Muy rica la comida” 
“Buen provecho”
Luego cada uno se aparto a un rincón de la casa. 
Me quede en mi habitación que parecía detenida en el tiempo, con fotos cortadas y quemadas. Pintura contra la pared y el polvo en cada parte de ella. 
Me acosté a ver el techo, verde, rojo, negro, marrón. Bañado en colores y me preguntaba si es que sabia. Del blanco que aun veía cuando cerraba los ojos, el de la ropa y en las paredes. En el color que me ahogaba y mi mano apretaba mas fuerte el sobre de azúcar y Tadeo volvía a mi mente. 

“Otra vez se esta negando a comer” Fueron las primeras palabras que escuche cuando entre a la blancura del edificio. Luego de que mis padres se fueron con prisa y sin palabras mas allá de una palmada en la espalda y un beso en la frente.
“¿Que día es hoy?” 
Estaba esperando enfrente de la recepción, a que alguien se acercara a mi. Habiendo sonado la alarma hacia unos minutos. 
“Quince”
La enfermera apareció veloz y con una sonrisa pegada a la cara, de ojos vacíos y dedos largos. Tenia un uniforme blanco con el el rojo de su pelo siendo el primer color de los diez minutos. Acabamos la conversación en dos minutos y me dejo con el final de la otra. 
“Si mañana sigue así, deberán tomar medidas extremas, supongo que estamos hablando de Baraviera o ¿No?” 


Mis padres habían organizado una cena entre vecinos, una celebración lo llamaban, la bienvenida. Aunque habían reglas, prohibiciones, mentiras las cuales seguir: 
-Siempre estar cerca de uno de los dos. 
-Siempre con repuestas cortas y ligeras. 
-“Recuerda de siempre sonreír” 
La cena duro cinco horas, de la cual participe dos horas y fui el tema de discusión por tres horas. Siempre con la mano de mi padre en mi hombro o la presencia de mi madre al costado. Y los músculos me dolían de sonreír, aunque por lo menos todos estaban encantados con los relatos de las montañas, los bosques, la naturaleza. 
Y si esa era la razón por la cual aun seguía con el mismo tono de piel (mentira), y claro que me había gustado la comida (mentira), y por supuesto que extrañe a mis padres (mentira), y nos hablamos todos los días (mentira, mentira, mentira). 
Con la excusa de cansancio y espacio para los mayores me escape de la mesa. No obstante no fui tan estupido como para salir de la casa, sabia que los ojos de mis padres me seguían. 

Me había quedado dormido en los sillones, ya eran las tres de la mañana y el único ruido en la casa era el de la heladera. Tenia un libro de Gisnberg apoyado en mi pecho cuando me desperté con un dolor agudo en la espalda. 
Respirar se sentía un esfuerzo que no tenia la intención de ganar. Encorvado y con el temor de mi petrificación, sentí el frío pegajoso en la nuca y cuello.  Y recordé el correr de pasos apurados, las señales en las paredes, los ojos hundidos y la risa apagada con las sillas que eran empujadas mas fuertes y mas rápido. Arboles que casi tocábamos, y estábamos tan cerca. 
En mi boca tenia el sabor de una pesadilla. 
Abrí todas las ventanas del primer piso, por que no podía respirar, la pesadilla se repetía en mi cerebro y el aire no entraba a mis pulmones. La piel me oprimía los órganos, el aire y  el oxigeno no le llegaba a mi cerebro y a mi corazón no lo sentía latir. Mis labios secos y la palabra ayuda estaba trabada en mis labios. 
Estaba atemorizado con temblar en las rodillas pero el viento frío de la noche traía recuerdos de noches jóvenes y puras. 

Había sido suerte. 

En la tercera noche de pesadillas, camas incomodas y gritos de vecinos. Cansado camine por las mesas vacías con las sillas ocupadas por tres personas, fui por los pasillos la mayoría de las puertas cerradas eran silenciosas y con una pequeña ventana en el medio, y habían unas que temblaban, que se escuchaban voces detrás de ellas. Los pasos de un ir y venir en un espacio demasiado chico y el crujir de una cama ya vieja. 
En un momento de solo mirar a los pies, el blanco de las alpargatas, me distraje y me encontré a la ultima puerta de las escaleras. Tres pisos arriba de donde estaba, y quería probar, quería el aire frío. Cedió con un empuje y ahí estaba el cielo abierto, luces bailarinas en el mar azul y una luna solitaria Y era bello, era colores. 
Seguí caminando hasta sentarme, sin preámbulos y gracia. Observe las estrellas que brillaban e iluminaban mis ojos. El azul que despertaba mi cerebro dormido en lo blanco que me habían dado hacia unas tres horas, y observando. 
Lo vi. 
Sentado, diez pasos adelante de mi, la espalda contra el borde, la cabeza apoyada en la pared mirando a las estrellas.

“Ah, no sabia que había alguien mas acá” 

Fueron pasando las noches, en el mar de blancura y las constantes preguntas, eran un eco que me despertaban. 
Entre las 3 de la mañana como a las 23.30 de la noche, y sin importar el clima y el horario. El chico estaría en el techo. Hubieron veces que intente iniciar conversación, en contar las mentiras que escuchaba de la gente y las verdades de mis vecinos. Explicando la muerte de una estrella y el color azul. 
Habían otras veces donde nos quedábamos en silencio, mirando las estrellas, pensando que sabíamos las constelaciones y escuchando el ruido de la noche. Los autos no pasaban, el viento corría entre los arboles y la noche era la salvación de todos los días. 
Hubieron dos noches en las cuales no fui, creyendo que no haría un cambio. Por un capricho. Un enojo que no llegue jamas a comprender, como también querer comprobar una teoría que no había desarrollado. 
Me pase 16 horas de esos días observando el mover de las sombras en mi habitación, y en 2 horas oculto en las sabanas por el constante golpear a la puerta de alguien que nunca contestaba.

“¿Por que estas acá?” 
La voz era ronca, quebrada y gastada. Había que dudar cuando la escuchabas y llegar a atrapar sus labios moverse. Era el sonido de la vejez, había una tristeza, una desesperación. Y aun con los ojos en las estrellas, me había quedado quieto en la puerta, con el creer que me lo había imaginado, hasta que sus ojos se posaron en mi.
“Depresión, ¿Vos?” 
Me había sentado, enfrente de el, a una distancia de cinco pasos, me observaba y estaba esperando con ansias la repuesta. Sabiendo que mi teoría era incorrecta y que las dos noches habían hecho el cambio. Esperaba volver ver los labios moverse y escuchar el quebrar del vidrio. 
Sin embargo el se encogió de hombros y miro las estrellas. Quería, necesitaba, saber mas de lo que se había vuelto una obsesión y una distracción.

Esa noche nos quedamos hasta los primeros rayos de sol, del naranja bañando al amarillo y el celeste sangrando del azul. Con el calor entrando a nuestros huesos, y una vez mas, sin darme cuenta, había terminado acompañándolo hasta su habitación. Donde me miro, me saludo brevemente con la mano, y cerro la puerta.

“¿Que haces?” 
Tenia a Koi a mi costado, el perro de la calle que había adoptado hacia un año y medio. Que en un intento de soborno de mis padres, aun seguía en la casa. Aunque solo en mi habitación o en las esquinas del parque, y jamas donde mis padres estaban.
Mi madre estaba sentada en el sillón de su estudio, con unos papeles en sus piernas y los anteojos reposando en su pelo, me miraba. Seguramente calculando el riesgo de la llaves y la correa en mis manos. 
“Sacando a Koi”
Había entrenado al perro para comportarse en la presencia de mis padres. Por lo que esperaba sentado conmigo a que mi madre tomara una decisión con respecto a lo que había dicho. Escuchaba las agujas del reloj moverse y a mi padre nadar en la pileta, ella paso de pagina, se puso los anteojos 
“Bueno, pero volvee en una hora” 

Terminamos en la plaza, a quince cuadras de mi casa, aquella de los arboles altos, pasto con flores silvestres y los caminos marcados. 
En una esquina, en un circulo de arboles es donde estaban, algo oxidadas, despintadas y solo tres que aun podían ser de uso. Deje que Koi corriera libre y me senté en una de ellas. Empece a balancearme suavemente, con las puntas de los pies levantando el polvo y manteniendo los ojos en el cielo. 
Escuchaba los ladridos de los perros, los autos pasar y el sonido de las hojas. E empece a ir mas rápido, empujando con todo el cuerpo y estirando las piernas, queriendo llegar a las copas de los arboles. Riéndome libremente, con cada cima que llegaba. 
Era el único en ellas y ahora escuchaba el crujir de mi peso en ellas, iba mas rápido, con un vacío en mi estomago, y el viento en mis oídos. Mis pies tocaban las ramas que se alargaban de los arboles, y volaba. 
Volaba entre las nubes blancas y esponjosas, en el cielo celeste del mediodía y las ramas verdes de verano. Sentí el salado de las lagrimas en mis labios, el escozor de la tristeza en mis ojos, y de repente, estaba abajo, con la silla moviéndose, pero mi cabeza en mis manos y mi cuerpo temblando. 

Nos seguimos encontrando de noche aunque no habíamos vuelto a entablar una conversación. 
El cambio sucedió quince días mas tarde la noche que llegue temprano y encontré la puerta cerrada para después volver y encontrarla abierta con el en el mismo lugar. Iba a preguntar pero tenia los ojos cerrados y era paz verlo. Con la boca levemente abierta, el mover de su pecho y las manos reposando en sus piernas estiradas. Me quede callado, viendo las estrellas, viéndolo a el. Lo desperté con los rayos del sol, donde se alejo de mi tacto con temor en sus ojos.
Cuando estábamos en el piso de las habitaciones el se detuvo enfrente del corredor que llevaba a su habitación, le daba la espalda, estaba a dos paso de distancia de el. 
“¿Como te llamas?” 
Me di vuelta a verlo, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos del pantalón, blanco. 
“Lucas, ¿Vos?” 
Me quede esperando, aun cuando el se fue alejando, no era que esperaba una repuesta pero tampoco esperaba el silencio. Puesto que ya había aprendido a no esperar de el nada, mas allá de dudas y sorpresa en la esquina.  
Y cuando di la espalda a el, cuando decidí dejar de esperar lo escuche, lejano y cercano.
“Sebastian”

A la mañana siguiente conocí a Giselle, una joven que estaba haciendo su pasantía en ese lugar abandonado por la humanidad. Estaba en su primer año de la carrera, y era una de las pocas que se sentaba a socializar con nosotros sin querer repuestas a preguntas que no podíamos contestar. Estaba encargada de repartir la medicina a aquellos que no salían de su habitación. 
Estaba escuchando la conversación que llevaban dos chicos de treinta que iban delante mío cuando fui testigo una vez mas a una conversación peculiar. 
Nos dirigíamos a la puerta del jardín en la sala este, que a su vez enfrente tenia la puerta de Sebastian, y ahí en la puerta estaba Giselle. Quien le estaba dejando las pastillas en la mesa y se sentaba al lado de el. 
“Hoy es un bello día, ¿No quieres salir?” 
El  miraba por la ventana, mis amigos se estaba alejando, me apresure en seguirlos, logrando atrapar unas palabras sueltas.
“Hoy hablamos de vos con Tadeo”