jueves, 3 de diciembre de 2015

5 Elementos Silenciosos

5

“Tengo un plan, uno grande” 
Estábamos sentados en el borde de la vereda, los cigarrillos estaban llegando a su fin, las cervezas estaban semi vacías y estábamos a treinta cuadras de nuestras casas. No podíamos conducir y menos buscar un transporte que nos llevara, la mente era algodón y los ojos eran colores que no existían.
Su pelo estaba cada día mas corto y se sentía mas normal ver la ropa crecer en el y el aroma a plantas quemadas que se pegaba a su piel. 
Era ya algo cotidiano los ojos rojos y la piel reseca, las arcadas con el cansancio, lo que era anormal eran estos días. 
Los buenos, los de alcohol, noches largas, humo en los pulmones, cuerpos transpirados, autos gastados y vidas vividas.
“¿Ilegal?” 
Lo miraba, sonriendo, la ultima de las honestas, el tomaba un trago de su cerveza ya caliente mientras miraba las estrellas que ya empezaban a desaparecer, los autos pasaban cada veinte minutos y en algún momento debíamos empezar a caminar para alguna dirección pero aun seguíamos sentados ahí para cuando el sol ya estaba saliendo.
“Completamente”

Esa mañana las puertas estaban cerradas, los pasos eran apurados, la gente gritaba, golpeaba, aullaba. Sin embargo nadie respondía, solo se sentía la tensión, la desesperación, el apuro en los movimientos, en las acciones. 
Y por la ventana de la puerta solo se veía el blanco moverse, con palabras gritadas, perdidas, abusadas y había una emergencia. 
Todos lo entendíamos, pero nadie sabia de que, había una expectativa, una opinión que se gritaba entre todos. Un temor ante las posibilidades y un saber en lo que estaba pasando, hasta que solo fue silencio estático, puertas abiertas, limpieza y blancura. Ya nadie gritaba, nadie hablaba, pero todos estábamos contando.

Faltaba uno.

Esa noche nos reunimos en su cuarto, tenia las manos y piernas atadas a la cama y los ojos clavados al techo. Fue fácil entender, de comprender que el terror en mis huesos estaba sustentado, y no había necesidad de preguntar la puerta abierta en una situación así. No había preguntas que hacer que fueran solo perdida de palabras y tiempo. 
Me senté como lo había hecho el hacia unas semanas, con mi mano jugando con el paquete de azúcar y los dos estábamos callados hasta que el sol empezó a salir. Me estaba yendo, la puerta en un casi cerrar, la voz vieja y gastada se formo en un eco en mi mente “Hoy probamos con espejos”

Estaba leyendo en el estudio, en el sofá viejo que mi madre solía ocultar cuando habían visitas. Por que no era de aquellos que debía ser visto, aun cuando fuera mas cómodo que aquellos modernos que demostraban la clase social que ocupábamos en la ciudad. Aun así ese sofá solía ser ocultado en el garaje o con varias telas, los papeles que mantenía conmigo estaban apoyado en mi vientre mientras leía un libro de ciencia ficción. 
Era uno de los días que estábamos solo mi padre y yo en la casa, mi madre que había salido por una reunión de ultimo minuto. 
“Hoy me cruce a los Bruhl, parecía que estaban llevando el auto a arreglar” 
Mi padre se había sentado al frente mío, con una taza de te entre sus manos y los anteojos apoyados en su cabeza. Sus ojos se notaban cansados y su ropa estaba arrugada, era la definición de un Viernes y la ausencia de mi madre. 
“Mira vos” 
Mis ojos seguían en el libro, aunque había empezado a repetir la lectura del mismo párrafo, incapaz de agarrar el significado de una simple palabra. 
“Lo raro es que el auto no era de ellos, era uno viejo, usado, gastado, me parecía familiar pero no sabría de donde, ¿Lo conocerás?” 
Lo mire a sus ojos que estaban fijos en mi, esperando, ansioso por la repuesta que el ya había tomado por mi. Di por terminada la lectura, me levante con los papeles en la misma mano del libro. 
“La verdad que no” 

Estaba sentado con la espalda derecha, las manos en las piernas y esperando. 
Esperando a que alguno de los dos hablara, sin embargo los minutos empezaron a pasar, mis manos se empezaron a mover. El se deslizo por su silla, y la gente se movía, se iba, llegaba, saludaba, hablaba, hacia. 
Y nosotros seguíamos en silencio, mis hombros caídos y aburrido en el momento, con palabras por decir. No obstante no movía los labios, estábamos en los últimos minutos, en la ultima oportunidad.
Lo mire de reojo y vi su perfil, ángulos marcados y aun así suave y delicado, gentil con tristeza e ira en su rastros, lo mire observar la ventana 
“Veo que podes ver tu reflejo” 
Los ojos de el se cerraron pero la mirada no cambio de postura y cuando los ojos se abrieran su reflejo aun estaría ahi. Su recuerdo estaría ahi. 
“Pase lo de los espejos” 
La voz aun era cruda, seca y difícil de escuchar sin embargo empezaba a mostrar gentileza, empezaba a sanar, a vivir.
“¿Como esta el?” 
Quedaba una hora de las visitas y hablamos por diez minutos de las heridas en nuestras relaciones.

Con Koi habíamos escapado durante uno de los almuerzos programados de mis padres, donde una vez mas debía sonreír y dar repuestas automáticas. 
Aunque con desviaciones y vueltas, nos habíamos alejado lo suficiente de la casa para no poder llegar a tiempo y luego escuchar las quejas y comentarios de cada uno que me dejarían en la oscuridad y silencio de su desaprobación.
Lo que no me había dado cuenta, siguiendo los pasos de Koi, que se asustaba con autos y perros mas pequeños que el. Que sin intención o dirección habíamos terminado enfrente de rejas altas con paredes grises y arboles que se movían con el viento y gente que no hablaba. 
Habían flores en cada puerta, palabras escritas en tinta permanente en casas pequeñas y grandes.
Estábamos caminando en silencio, uno al lado del otro, con los ojos en el piso, pasamos las casas, las estatuas, las palabras y llegamos a una parte de tierra. Y ahi estaba, con narcisos y tulipanes, la cruz adelante de la tierra mojada y el asiento vacío. Donde aun estaba todo fresco y nuevo, me derrumbe ahi, con piernas cruzadas, la cabeza de Koi apoyada en mi regazo gimiendo levemente. 
“Ha pasado tiempo” 
Sonreía, con mis manos que se enterraban el pelaje negro de Koi, y miraba las letras, las re leía y re leía. 
Las reconocía y mi corazón se oprimía, no había sonido, era todo estático, mis ojos que ardían, mis labios que sangraban y las manos temblaban 
“Hice un nuevo amigo” 
Las lagrimas corrían, las manos temblaban, la respiración era agitada pero las palabras se escapaban de mis labios.

El frío se estaba yendo y un calor entraba en nuestros huesos, el blanco estaba en pelea con el verde y mis ojos se despertaban del dormir. 
La blancura era otro color en el rosa, rojo, verde y marrón, era un recuerdo y una pesadilla que me ahogaba en puertas cerradas y preguntas que nunca terminaban. Con medicamentos que se pegaban a la garganta y la ropa que acosaba a la piel.
Era de tarde y habíamos ido a uno de los patios pequeños, donde la gente no salía por que el sol estaba entre nubes y el viento estaba frió. Eramos nosotros sentados en las sillas, era uno de los días raros donde nos cruzábamos en la tarde, el con sus ojeras y yo con mis manos temblando. Los ojos evitando encontrarse y los dos caminando para respirar.
Estábamos sentados en los escalones, con los pies descalzos en el frío de la tierra donde podíamos cerrar los ojos y fingir que estábamos en cualquier lado menos en el blanco.
Lo sentí a los minutos, segundos y horas, un rebotar, un rozar, un mover, y lo vi en el rabillo del ojo. 
El moverse de los dedos tan ágilmente, en las piernas a sus costados, se doblaban, se entrelazaban, bailaban elegantemente, con ángulos y experiencia. La cara tranquila y una sonrisa escondida en los labios.

“En tres días me voy” 
Estábamos comiendo, mi madre estaba leyendo unos mensajes en su celular, los ojos de mi padre estaban fijos en el televisor y yo jugaba con lo que quedaba de comida en mi plato. Habíamos caído en la rutina, acostumbrados a las pastillas, las pesadillas, el silencio ya era normal, solo quedaban los ojos de mi madre en mis manos, las palmadas de mi padre en la espalda y el eco de las reglas. 
“¿Disculpa?” 
Habían pausado sus acciones, sus ojos en mi, su cuerpo en mi dirección y la palabra era mía. Estaba preparado para esto, mi cuerpo vibraba en emoción, la transpiración estaba en mis manos y mis labios tenían pequeños moretones. Aun así me mantuve firme al mirarlos a los ojos. 
“Les aviso, que en unos días me estaré yendo de viaje, aun no se donde. Dinero tengo, me mantendré en contacto” 
Lo dije lo mas rápido que pude, agarrando el ultimo bocado de la comida y levantándome. Mi padre se estaba limpiando los anteojos mientras mi madre me miraba con los labios en una fina linea. 
“¿Es que estas loco?” 
La voz de mi madre que sonaba fría tenia un temblor, un delatar de la preocupación, del temor y el saber de la repuesta que di mientras me iba de la habitación.

En la habitation se escuchaba canciones de “The lumineers” y Giselle estaba sentada en un sillón en una esquina. 
Cantando en voz baja la canción mientras leía una revista de medicina, con las piernas levantadas sobre el sillón de enfrente. Tenia el pelo en una coleta y cansancio en sus ojos, me vio entrar y me sonrío.
Me senté en la silla al lado de la cama, su piel estaba pálida a falta de sol, la respiración manejada por maquinas y los ojos pegados con cintas. El pelo opaco y las venas resaltando su camino, aun siendo el espejo de Sebastian. 
En ese momento, eran dos personas distintas, dos extraños con las mismas características, imitadas a la perfección. 
“Pregunto por vos” 
Apoye los codos en las rodillas y me acerque mas a el, la ventana detrás mío estaba abierta. De ahi entraba una brisa de primavera que limpiaba el aroma a desinfectante en la habitación. 
“Esta mejor, limpio…aun se culpa, pero esta aprendiendo a aceptarlo, a ver la imagen completa…de a poco mejora” 
Las canciones pasaron, Giselle salió de la habitación, mire por la ventana y el sonido de las maquinas se escuchaba debajo del exterior y la música, me quede por unos minutos, una hora. 
“Lo voy a cuidar”
Deje atrás un papel con un numero de celular para Giselle.

El día estaba nublado, los arboles tranquilos se balanceaban con el viento, la gente caminaba a paso ligero en el pueblo. Los autos pasaban cada quince minutos y llevaba dos horas estacionado, esperando. Había llegado antes, deje a Koi con los Bruhl y unas cosas mias, como también había aprovechado de irme en el horario en que mis padres no estaban. Dejando la carta y dos mensajes de voz, tenia la mochila guardada en la cajuela del auto. El auto pasamos tres semanas arreglando, antes, antes de todo. El cual sus padres habían terminado.
A las dos horas y quince minutos la puerta del pasajero se abrió y  cerro. Estábamos mirando la calle, prendió la radio y sonaba “Fleetwod Mac”. 
Al lado de un saco de azúcar azul el apoyo uno rojo. 

Estaba en el techo, era una noche de verano, los dos contra la pared, los hombros chocando. 
Compartíamos una gelatina verde, las piernas estiradas y las palabras contadas, el amanecer se acercaba con cada minuto. 
Y las estrellas brillaban mas frente a nuestros ojos, pudimos nombrar constelaciones y llegamos a ver una estrella fugaz. Era una noche que justificaba la blancura y la vida.
“Tengo un plan” 
La gelatina de el se había terminado, tenia los ojos cerrados, el único delatar en su despertar era el mover del pecho. 
“¿Que plan?” 
Me reí en voz baja, mirando a las estrellas, su voz aun ronca y sentí el posar de su mirada en mi. Atraje mis rodillas a mi donde apoye mi cabeza para mirarlo. 

Y le sonreí.

T.A.

sábado, 28 de noviembre de 2015

En el tiempo detenido


¿Como fue verte después de tanto tiempo? Fue como que iniciara la primavera luego de una largo invierno, donde sentí que mi cuerpo se encontraba enterrado bajo tierra, sentía que el calor del sol era la bienvenida de un extraño perdido, cuando el viento me acaricio se llevo viejas lagrimas y recogió las nuevas de sabor dulce para alimentar nuevos sueños, la tierra tembló con cada paso que tus pies daban hacia mi. 
Esa mirada que había, casi, olvidado de mi memoria de día pero que de noche era acosada en los sueños, siempre a la vuelta de cada esquina. 

Cuando estabas solo a un paso de mi, el aliento me dejo, mi corazón se detuvo por un segundo, las palabras se perdieron, solo estabas vos en ese mundo mío. El ruido era solo nuestra respiración y un leve palpitar similar al de tambores. 
Tu leve sonrisa, aun aquella que guardaba secretos que quería aprender y ocultarlos en un egoísmo de propiedad, 
tu mano, tu mano suave y con las marcas de trabajo que nos distancio en tiempo y espacio, se posaron en mi mejilla, y juro que en ese momento, podría haber muerto sin arrepentimientos. 
Lo juro. 
Tu calor, tu sonrisa, tu presencia, eran la ilusión del desierto, quería decirte tanto pero no sabia que palabra decir primero, que era mas importante, teníamos tanto tiempo pero sentía que estaba escapando entre mis dedos con cada segundo que pasaba. 
Diste un paso adelante, no me podía mover, tus labios se posaron sobre los míos, tan suaves, tan imposibles de creer, una sonrisa partiendo el silencio mío, y te bese, te bese mientras te acercabas mas a mi con manos que prometían nunca dejarte, tus manos perdidas en mi pelo y pidiendo un por siempre, que siendo honestos no sabíamos si podíamos prometer. 
Sin embargo en ese eterno segundo, se veía una posible infinito. 
Per, ¿Verte? Verte, fue recuperar la vida y desear la muerte para tener un eterno presente con vos. Verte fue nunca querer perderte otra vez, fue saber que te amaba y el primer adios que nunca dije fue mi invierno eterno.
Lo que dije, al verte, fue, no te vayas.

T.A.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Por siempre

1- Sus besos eran suaves y detenían el tiempo, su aliento era frio al igual que  su constante invierno, seria el primero en rozar mis labios que ya estarian implorando por más. Él tendría esa sonrisa torcida que le llegaría a los ojos, era un respiro, era que habia tentacion, sin embargo cuando el viento cambiaba de dirección, el daría dos pasos para atrás. Me quedaría en el lugar, con mis dedos siendo los valientes en querer detenerlo y traerlo. Pero él se iría antes de que pudiera pedirle un por siempre.

2- Otras veces sus besos serian violentos y demandantes, el tiempo se escurriría por mis dedos, mientras él nos escondía en su sombra. Su aliento seria cálido que me pegaría entre cada intento de separacion de los labios que estaban sedientos de aire y por más. Su sonrisa canina, que traía escalofríos y deseos de sumisión que darian el beso mas suave a su disposicion, el cual seria morfina para mis labios, sin llegar a contar tres cerraría los ojos y me imaginaria un por siempre. Abrir los ojos era encontrarme sin él.

3-En el medio de esos besos pasajeros, podría pensar de ellos como sueños que me lastimarían al verlo. Que me dejarian dudando la realidad de lo que estaba viviendo, y me estaba volviendo demente en querer detener el dolor. El problema seria que  luego el me miraría, su mano rozaría mi piel, su aliento en mi oreja. Y en ese momento sabría que, sería una muerte.

TA.


lunes, 13 de julio de 2015

4 Elementos Silenciosos


4


El aliento me fallaba, los músculos me ardían, y el viento era frío, mientras los pies me dolían y hasta quizás los ojos me lloraban un poco. 
El camino era empinado, no podía ver demasiado causa de la niebla. Me había mantenido de pie por voluntad y los arboles que no me dejaban rodar hacia abajo, y ademas había hecho una promesa. 
Así que estaba rogando por que terminara, por llegar a la cima y caer al piso para respirar y no sentir el correr del corazón.
“¿Ves? Te dije que lo valía” 
Era la ciudad que despertaba. 
La niebla la cubría como un manto de protección aun asi se veía el leve mover de los autos con las luces entre las calles, a lo lejano se veía el humo con el fuego de las fabricas, y el verde del centro de la ciudad. 
Era hermoso, no podía despegar los ojos de ello, aun cuando me ardía el cuerpo y temblaba sin control, porque si lo dejaba de ver, desaparecería, la ciudad despertaría y el encanto terminaría. 
No, seguiría viendo esto hasta que cayera, vería los arboles moverse con el viento, las luces de la casa prenderse, el sol salir y bañar cada rincón con luz.
“Es hermoso” 
La sonrisa cubría su cara, brillaba en sus ojos y resplandecía en su piel, era tan fácil para el. Un buen día, unas buenas palabras, un momento compartido y resplandecía. 
Quizás era egoísta por absorber cada momento y quedármelo, pero era hermoso y no quería compartir los momentos que eran míos 
“Ahora, grita” 
No llegue a preguntar por que tenia el pecho afuera y gritaba, dolía, no era hermoso, había furia y tristeza, era desgarrador y divertido cuando terminaba por que se reiría y me miraría. 
Expectante, ansioso, hasta que empezara devuelta a gritar y me tomaría unos segundos de gritar con el hasta que los pulmones nos quemaran y la voz se nos quebrara. 

“¿Que estas pensando?”
La nieve se estaba derritiendo, se veían los colores muertos de la naturaleza, los arboles desnudos, con la tierra dormida. 
La desolación del frío hacia que se compartiera el silencio y el espacio de la situación, y podía escuchar el tap tap de la lapicera con el sentir de los ojos del doctor 
“En antes” 
Me daba los minutos, los segundos, en la recompensa de una repuesta, mientras el tomaba nota de unas simples palabras vacías. Que nunca llegaría a traducir y explicar, que dejaría con un signo de pregunta.
(Había visto sus anotaciones.)
“¿Que antes?” 
No había prestado atención a la habitación, a los libros en los estantes, la alfombra en el piso, el escritorio de madera con los expedientes abiertos que no tenían fotos sin embargo si números, la comida sin tocar en una esquina del escritorio y los ojos grises que observaban mi movimiento por la habitación, dando vuelta un reloj de arena y trazando las letras en los libros. 
“Solo en antes” 
El suspiro, con el remarcar del signo de pregunta y las palabras que le seguían, habíamos vuelto al circulo vicioso y le siguieron las preguntas de Tomás.

Habían pasado unos días desde la segunda visita con pastelería y jugo nos habíamos sentado a discutir el libro que habíamos leído por ultima vez y mis padres aun creían lo que les decía de mis reuniones de regulación y control. 
Estos días estábamos mi madre y yo, mi padre yendo a un viaje de negocio por el resto de la semana, habían sido cenas calladas, con el ruido de los cubiertos y los turnos en la limpieza. Luego con charlas espaciadas en lo largo del día, salida al exterior con Koi que se habían alargado en tiempo y calles, con una visita a los Bruhl, y a veces no se sentía el silencio en una casa tan grande, si ponía la música en alto y seguía leyendo, aunque aun había momentos donde el silencio nos ahogaba
“¿A donde vas?”
“¿Tomaste las pastillas?” 
“¿Cuando es el próximo turno?” 
Entendía que era protección y seguridad, pero era falta de aire y prision, no era madre y era el control de la blancura, era una descontrol mas. 
Por que mis charlas no seguían a ningún lado y todo terminaba con las repuestas a sus preguntas, y cuando caminamos en una ocasión fue en silencio y con los pocos comentarios tirados vagamente para intentar quebrar el ritmo, pero fallamos en prestigios.

“Su apellido es Klein” 
Ella estaba saliendo de la habitación, me agarro de la muñeca y lo dijo en un murmuro en mi oido y se fue. 
Ese fue el ultimo contacto que tuve con ella cuando salía del edificio, vi el reflejo de su espalda en el vidrio de la puerta, lo que me dijo rompía las reglas, el anonimato, el silencio de los apellidos. 
Puesto que ese lugar era conocido por su privacidad sin embargo en ese momento ella me había dado la clave y la llave para romper el sistema y para saber la verdad. Con un sobre de azúcar azul en la mano, y me tardo dos semanas poder sentarme enfrente de una computadora y buscar el apellido con el nombre. 
Al principio tomo tiempo, paso el pasar de la opción de todo a noticias, y de ahí fueron horas, noches sin dormir, habitación cerrada, comida guardada y las pastillas semi controladas. Por que era una sobredosis de información y luego era poder entenderlo, era comprender e intentar de aceptar.

Era blanco sucio con colores e inundado de silencios. Del movimiento de la gente, las voces en cada habitación, las zapatillas rebotando contra el suelo, respiración agitada,  rápido y lento, era un lugar de opuestos que convivían en paz. 
Iba por los pasillos, siguiendo las lineas del piso, que se mezclaban en un arco-iris y los pocos carteles contra la pared que me seguían perdiendo y la gente tenia un segundo pero no las palabras, era mas rápido, mas cómodo con el lugar, y estaba perdido una vez mas. Me tomo media hora poder llegar a la habitación. 
Gise estaba sentada al lado de la cama, con las piernas contra el pecho y agarrada de la mano fría del chico postrado en la cama. 
Ojos cerrados, la respiración fácil de registrar y maquinas a su alrededor que salían de su pecho, de sus brazos, de su boca. Aun así lo podía ver, los mismos ojos de gato, el pelo negro apagado, con los dedos largos, era el solo que no era el. 
Y me quede observando, la piel pálida, los ojos pegados, las ojeras, las mejillas hundidas, la ropa de hospital, lo veía todo y no los podía diferenciar. 
“Te Tomáste tu tiempo”
Tome el asiento al lado de ella y me quede por una hora en silencio, mirando los ojos cerrados.

“Eran mis padres los de la visita” 
Estábamos en el techo, hacia frío aunque era uno estático, atrapado en nuestros huesos que no levantaba viento y nos quemaba. 
Estábamos con frazadas y cerca de la puerta abierta de la cual el calor entraba, veíamos las pocas estrellas que se veían en un cielo semi nublado. 
“Te vi” 
Una afirmación, y no hubo un comentario de mi parte, no hubo una sorpresa en el uso de su voz, que había estado creciendo en las ultimas semanas. Aunque de forma cotidiana, entre baches de horas y días, entre puertas cerradas y paredes pequeñas, y siempre evitando otros temas 
“Solo vienen por…” 
Y estaba caminando hasta el borde del techo con la frazada una capa en su cuerpo y se balanceaba entre el vacío y el techo, y tenia la idea de ir y agarrarlo pero no me movía. Me mantenía quieto, mirando, esperando y sabiendo. 
“Por que es mi culpa”

Estábamos sentados en la misma mesa esta vez el tenia su propio sobre de azúcar, rojo, el mío estaba en el bolsillo de la camisa, gastado y viejo, pero aun cerrado y abusado. 
Veíamos las hojas caer por la ventana y teníamos el sonido de las charlas con el mover de las sillas, se sentía como nuestras noches, en silencio y juntos. 
“Vi a Tadeo” 
El sobre dejo de girar, los ojos estaban en mi, y no escuchaba mas el movimiento en la habitación. Mis tres palabras habían cambiado la atmósfera en nuestro mundo burbuja y ahora estábamos en la realidad, con sus ojos en mi y yo contando las hojas evitando la realidad en ellos. 
“¿Como estaba?” 
La voz ya no era cansancio y quebrada aunque tampoco era suave y despierta, aun estaban los rastros del pasado que marcaban su presente.  Cuando lo mire a sus ojos, no me miraba mas, el sobre de azúcar se movía una vez mas. 
“Bien, bien” 
Estaba en un debate, con el morder de los labios, de pasar mis ojos por sus dedos largos, el pelo despeinado, el leve temblor en sus hombros y los ojos negros. Dudaba en las siguientes palabras sabiendo de su peso.
“No fue tu culpa” 
Aun así hay una razón por que la curiosidad mato al gato, Sebastian se levanto y se fue.

 No respondió mis visitas por una semana. 

Los pies creaban olas en el agua, las manos me dolían de la postura doblada, la piel me ardía del sol y mis ojos se me cerraban del cansancio. 
Llevaba treinta minutos en esa postura al lado mío estaban las noticias, impresas, remarcadas. Las tenia siempre a mi lado, para leerlas, entenderlas, memorizarlas, y poder dar una salida a este laberinto que se había creado de un error de infancia. 
Una grandeza en los dedos, y todos querían de el, sus sentimientos, su alma, el artista poseído por el diablo. 
Y el no tenia para el,  la consecuencia se la puede ver en tres meses, dos días y un año, se podia ver venir, y aun así fue una sorpresa.
Si cerraba los ojos y la luz del sol me iluminaba lo podía ver, escuchar y sentir. 
Las ovaciones de pie, las luces en la espalda, la frente, los dedos, en cada sombra, los telones rojos, verdes, opacos, vivos y muertos. 
Despegar y aterrizar y nunca hay tiempo para nada, solo hay teclas, blancas, negras y dedos veloces, hay una rapidez, y no hay cariño, hay frialdad y empuje. Y esta el con su otra mitad, su espejo, su hermano. 
De ahí, mis ojos se abren por que no pueden seguir, no pueden continuar en lo que pasa, con luces verdes y rojas, en sonidos agudos, desesperación, gritos, sangre en la piel, en el pelo, en ambulancias, en movimientos rápidos y errores. 
En ayuda entorpecidas por borrachos de la noche, en el frenar de una vida y el arrepentir de otra, en adicciones que no debían suceder.   

La cama me apretaba, sentía los resortes intentar romper la ultima barrera entre yo y ellos, cada vez que me movía escuchaba el crujir de ella, y mi mente se peleaba entre el temor en el ataque de un resorte y la posibilidad de que me desangre por uno. El que ganaba en mi mente era la indiferencia. 
Ese día no había logrado salir de la cama, los pies no habían tocado el piso frío y los ojos  se mantenían abiertos por unos minutos. Habían pasado a revisarme, con breves conversaciones cortadas por mi silencio, las pastillas la dejaron en la mesa de al lado, y el blanco se había vuelto cómodo y seguro.
No tenia hambre, al baño debía haber ido unas tres veces y sentía el cansancio en las venas, en el respirar. Quería preocuparme, quería luchar sin embargo me tome las pastillas y dormí por horas. 
“Quiero estar solo” 
Estaba sentado contra mi cama, su cabeza apoyada en mi colchón y los ojos cerrados.

Para cuando la luz del sol entro por la habitación, y yo abría los ojos, el se había ido, me había dejado al lado de la almohada un sobre de azúcar azul.






miércoles, 1 de abril de 2015

3 Elementos silenciosos



3

Estaba en el patio trasero, la noche anterior había nevado, por lo que había nieve en cada parte del patio y la naturaleza ya no se diferenciaba de las nubes. 
Estaba sentado en la sillas frías y duras para poder respirar el aire que lastimaba mis pulmones y perder mis pensamiento en el abismo que era el blanco de ese espacio. Los únicos sonidos que escuchaba eran las conversaciones detrás de las paredes, con el crujir de la nieve, el pasar de los autos por la calle con sus bocinas y sus aceleraciones. 
No había demasiado con lo cual distraerse en ese lugar.
Me había puesto dos buzos para poder salir, tres pares de media, y una toalla que fue lo único que encontré como manta. 
Llevaba sentado ahí ya un rato después del almuerzo y la segunda vuelta de las pastillas, las preguntas por el día ya se habían hecho, aunque luego habría una continuación. Fueron pisadas bajo la nieve, el arrastrar de la silla contra las piedras, el exhalar y el mover de piernas, que me hizo ver a mi costado. 
Para ver moretones en la cara, sangre seca en el labio y los nudillos rojos y morados, y aun así el estaba sonriendo, como el desquiciado que era: 
“Deberías ver al otro”

Al otro, no lo volví a ver por cinco noches seguidas. 

Había re tomado natación, para poder hacer algo durante el día, con las reglas que me habían dejado, no tenia demasiado de libertad. 
Atrapado en una carcel de una radio de quince cuadras, con Koi que podía sacarlo a pasear por una hora y media. Mientras que tenia derecho a la libertad que quisiera dentro de la casa, siempre que hubiera un adulto responsable en la casa (como si ya no lo fuera, como si hubiera perdido el derecho). 
Por lo que ahora me quedaba nadar en las mañanas, libros que perdían su interés con la presión de la distracción, la plaza ya conociéndola por cada árbol, silla, piedra y quebradura en el suelo. Aprender a cocinar solo para Micaela y yo, y manteniendo una conversación discreta con los Bruhl. 
Hubieron días que acompañe a mis padres a las compras diarias y nos cruzamos con gente que mantenía la farsa que habíamos creado, por lo que había optado de dejar de acompañar en esas salidas. 

“Tengo que ir por un chequeo” 
Estaban los dos en el estudio. Mi madre leyendo los contratos de una nueva firma que necesitaba su ayuda y mi padre con los ojos en la pantalla de la computadora. La única evidencia de su escuchar fue el crujir de las hojas, el clavar de las teclas mas fuerte, y de ahí fue silencio prolongado, con mis pies firmes y derechos, mis ojos en un punto clave y esperando: 
“¿Cuando?” 
De ahí fueron mentiras, del día a la hora, de los momentos que sabia que ellos no podrían y esperando que pudieran soltar.
Aun sabiendo que ellos no querían volver a pisar ese lugar por una décima vez, sabiendo que ellos lo empujaban a la oscuridad de su mente, pero que aun así necesitaban sus ojos en mi, aun tenían miedo y desconfianza por mi y hacia mi: 
“Muy bien, podes llevar el auto, pero te esperamos de regreso para las seis, ¿De acuerdo?” de ahí el tema no se volvió a mencionar, en la cena se prendió la televisión y nadie hablo, nadie hablo tampoco el día siguiente y por medio día mas.

La sexta noche el estaba sentado contra la pared de una de las esquinas, tenia la cabeza en las rodillas, los ojos cerrados y las manos en los bolsillos. Estábamos sentados en esquinas opuestas, sin hablar. Sin hacer sonido nos quedamos esa noche dejando el tiempo pasar y las estrellas brillar.
Era una de las pocas noches cálidas de invierno, donde no había nevado hacia dos días y el aire no lastimaba los pulmones. Donde se debía resaltar el púrpura con amarillo en su piel sin embargo tenia el ojo negro, los nudillos blancos y un labio partido. 
Sin embargo era cuando bajas la mirada, cuando no buscabas en la cara era que veías los brazos que tenían un arco iris de verde, amarillo y morado, donde lo habían pintado y marcado. 
Aunque, esa noche no hablamos de eso (nunca hablamos de eso) aun cuando sabia la razón detrás de ello. Manuel me lo había dicho, en reproche, en culpa y duda, en un simple puchero juvenil: 
“Solo le pregunte porque era que estaba acá” 
Decidí no preguntar, no presionar, no obstante la gente me daba razones, explicaciones, justificaciones que no necesitaba, ni quería, como la de Gisele: 
“No supo diferenciar, era uno de los días malos”
Pero el y yo nos quedamos en silencio, sin compartir nuestras justificaciones a nudillos limpios.

Era una mesa circular, tres sillas vacías en su alrededor. Habían diez mesas en diferentes puntos de la habitación, la habitación con tonos grises y blanco. La gente entraba lentamente, con cabezas gachas, abrazos desesperados y besos. 
Bienvenidas calidad y cariño en los ojos, y ya no sentía la envidia del visitado sino el aprecio del visitante. Mi mesa estaba vacía, lejos del resto, al lado del ventanal que daba al patio central del edificio. 
Los dedos de mi mano caían en escalera sobre la mesa, manteniendo el tap tap tap, vigilando la aguja del reloj moverse y esperaba. 
Habían pasado diez minutos, aun me quedaban dos horas y las iba a esperar, aun cuando las familias se iban, cuando la gente me reconocía y la habitación iba quedando vacía.
Se sentó a mi lado y agarro el saco de azúcar de mi otra mano y lo empezó a girar en la mano:
 “¿Me vas a contar de Tomás?”

“Háblame de Tomás” 
Estábamos en uno de los turnos de uno a uno. En una sala de demasiados libros viejos, sillones cómodos, colores en las cuatro paredes. Vida en las ventanas y sus anteojos en el escritorio, las manos entrelazada y la libreta apoyada a su costado. 
Llevábamos diez minutos de silencio, las preguntas ya habían sido agotadas y habíamos iniciado como siempre, con mis ojos cerrados y los de el fijo. 
Mi boca estaba seca, la garganta la tenia cerrada y veía detrás mis párpados las ojeras de ojos verdes, las costillas en piel morena, el vomito, los pelos tocando las copas de los arboles y casi volamos, tan cerca que chocamos. 
“¿Lucas?” 
Estaba llegando al numero cuarenta cuando el volvió a preguntar y no había limite de hora, no obstante si había un limite de paciencia y lo estaba probando cada día que me quedaba callado sin responder a la mismas pregunta.  
En algún momento debía ceder para iniciar, no obstante estábamos trabados en la misma repuesta de siempre: 
“Tomás, familia, muerto” 
El suspiro del doctor y silencio.

La definición de Tomás en mi vida. 
No es un conjunto de palabras o un sinónimo que lidere a otra palabra, la parte que el jugo en mi vida dejo una marca de su existencia y esta era mas grande y compleja que la vida. 
La explicación que podría dar una repuesta y solución a los problemas que me llevaron a lo blanco tardaría años en poder explicarlo. Mas allá de que lo que me queda de ello son varias imágenes sueltas y sonido que lo acompañan. 
Pianos desafinados, pisadas apuradas, bocinas, botellas contra paredes, piletas en noches de tormenta, Nina Simone al volumen de vidrios que vibran, las risas a la noche, promesas compartidas y suspiros de medianoche. 
Las imágenes de niños compitiendo en velocidad, sillas que volaban, moretones en los ojos, pantalones rotos, uniformes perdidos, lagrimas borradas, adolescencia vivida. Choque de autos, mochilas armadas, cigarrillos apagados, salas de emergencias, sangre en el vomito, desesperación en la vida, sangre en las manos, el aroma a desinfectante, perro mojado. 
Primavera y el aroma a jazmines, la explosion de fuegos artificiales en otoño, fotos en flash, escapadas del colegio, planes armados, corazones rotos. 
Hay una vida entre los dos, entre el nombre de Lucas y Tomás. Hay una galaxia, con tragedias y alegrías, nuestro primer amor, nuestras peleas, los pecados compartidos, “Donde vayas, yo sigo” 
De uniones que no separaban las veinte cuadras, mi habitación era su habitación, su casa era mi casa, nuestra familia quebrada y unida eran compartidas, y donde uno estaba el otro estaba ahí. Con una separación de sangre y ADN, que era una ilusión, éramos la dinamita que explotaba al otro. 
Funerales, cumpleaños fiestas de egresados, desilusiones y expectativas, éramos un nudo que no se podía desatar, un nudo que solo se desato en el silencio de una habitación blanca.

“Quizás otro día, ¿Como estas?” 
El pelo estaba limpio, las ojeras eran casi inexistentes, los dedos jugaban con el sobre de azúcar y sus ojos estaban en la ventana. Hubo un silencio que se alargo entre los dos y había algo que las semanas separados no había cambiado. Era cómodo, costumbre y seguro el ritmo que volvía a mi cuerpo con la presencia de el.
“Bien, a veces duermo de noche, ¿Vos?” 
Había falta de información en esa repuesta pero sabíamos nuestro baile y nuestra conversación fue clásica, moderada. 
Hablamos de mi familia, de Koi, de Micaela y ocupamos la hora en baches de silencio con conversaciones breves. Fuimos los chicos de noche a las dos de la tarde, a los cinco minutos de que terminara la hora, cuando habían pasado con una rápida advertencia y la sonrisa que aun encontraba falsa y distante.  Se levanto, lanzo el sobre hacia mi, se quedo parado, y sin mirarme, iniciamos un nuevo ritmo.
“Te veo la semana que viene”

No fue difícil decirle a mis padres que querían una reunión semana una forma de mantener un régimen, de que no cayera en decepciones y viejos hábitos. Con un movimiento de manos y la vaga repuesta de 
“Si eso dicen tus doctores esta bien”
De ahí fueron otros días de silencio y cenas inesperadas en las que me dejaban solo, de Micaela llenando la casa con música, televisión y charlas perdidas. Koi ladrando cuando no estaban y acostado a mi derecha, los Bruhl y sus almuerzos caóticos y sus tardes de lectura. 
No obstante nunca con mis padres y su necesidad de hablar, de mejorar y estar bien.  Habíamos superado esos intentos, ya sabíamos como éramos y que esperar y para el Lunes ya estábamos hablando una vez mas, sobre el trabajo, la casa y la familia.

“Hoy es mi cumpleaños” 
De alguna manera, en una noche, habíamos terminado en mi habitación, la suya el decía que tenias demasiadas sombras y telarañas. 
La mía era nueva, lejana y  limpia. Ahí estábamos, sentados contra la pared a tres cuerpos de distancia, porque había nevado, hacia frío y estábamos evolucionando en no querer renunciar a las noches compartidas. 
Ese día Gise nos había dado pudines de chocolate, el se acerco un cuerpo y choco su pudín contra el mío antes de comer. Le sonreí mientras comí lo que era mi torta de cumpleaños, mis padres habían llamado e ido a visitar por una hora pero 
“Trabajo, lo lamento, iremos la semana que viene” 
(un mes después volvieron).
Comíamos sin apuro y mirando la nieve caer por la ventana, y en un momento donde cerré los ojos y había terminado el budín, sentí el tacto frío de sus manos en mi piel, los ojos verdes apagados que miraban a las esquinas, y los pies nerviosos 
“¿Que?” 
Me agarro de la mano y me levanto, estábamos en la mitad de la habitación, con la cama contra la pared y poco espacio para movilidad. Tomo dos pasos de distancia, me miro, se mordió los labios 
“Baile incomodo” 
Empezó a bailar, con ojos cerrados, los brazos sobre la cabeza y girando en su eje. Era una locura,  no era un baile, era solo movimientos sin coordinación que eran libres, fáciles y felices. Y estábamos bailando, a ojos cerrados, chocando, sin parar y dolor en los músculos y los pulmones con el sonido de mi risa y la visualización de su sonrisa que estaba escondida entre sus manos.

En los días de visita, solía estar sentado en una mesa esperando por mis padres, que no llegaban. Luego me llegarían dulces, cartas, regalos, disculpas y ya no había sorpresa en esos días, excepto cuando si venia uno de los dos. 
En esa ocasión mi madre había venido, se veía cansada, mas grande que su edad, con canas en el pelo, las arrugas en los ojos y la ropa gastada, parecía derrotada y me dolió. Me lastimo en el ser, en el alma, ver lo que en verdad mi estadía le hacia a ella, esa fue la única vez que ella se me mostró cruda y real. 
Con sus manos cálidas en la mía, preguntando por mi, ofreciendo comida casera y haciendo comentarios de mi estado, y sobre todo, escuchando, sin comentarios o juzgar.
Cuando me había retirado para el baño, pude ver que era un día que la sala estaba llena de familia, amigos y amantes. Había lagrimas, sonrisas como un silencio devastador, que nacía en una esquina de la sala, cerca de la ventana. 
Ahi habían dos personas, un hombre mayor con anteojos de sol, vestido de traje que estaba mirando para otro lado de la habitación acompañado de una mujer en un vestido y saco de invierno, que tenia los anteojos puestos y las manos en la mitad de la mesa. Esperando, deseando, el contacto de las manos que jugaban con el sobre azul. Estaba volviendo para mi madre, quien tenia los ojos levemente rojos y mojados, cuando fui testigo al adiós de estas dos personas, un beso rechazado, contacto frío, unas palabras del padre, y una tristeza en la madre con un miedo en las ultimas palabras dichas. 
“Tadeo te extraña” 
Y una repulsión en la repuesta

“¿Como podrías saber?”