Es noche de lluvia y quiero que nos sentemos en tu techo y en mi balcón a fingir que es un Domingo a la tarde y tenemos todo el tiempo robado del mundo para contarnos lo que no entendemos.
Las gotas golpean contra plástico, acera y autos creando un sonido que distrae a todo el mundo de poder escuchar tu bella voz. Y queda solo para mi el viaje que hace tu lengua cada vez que me quiere relatar cómo es que no entiendes nada excepto que yo soy la calma para tu tempestad.
El viento es sereno, como la caricia de un muerto buscando su último adiós en una bienvenida que se siente tan distante que ya es conocida. En ese pasar del rato me quedo silenciosa y observo tu perfil mientras le das otra pitada al tercer cigarrillo de la hora. Y toda gota, toda nube, toda ventana cerrada sabe que estoy perdidamente enamorada de este momento, incluso el rabillo de tu ojo lo sabe.
Las piernas ya no duelen, tienen truenos y rayos viajando por ellas, advirtiendo que el tiempo ha pasado. Pero, bueno, los dos seguimos con los dedos rozando nuestros pulsos y los labios siempre en el medio camino entre ¿Puedo? y quiero.
La tormenta ya esta en su fin melancólico, con el violín cerrando la orquesta y la madre llevando a todos los niños a dormir, es el cierre de otro instante nuestro.
Sin embargo, los dos bajamos la voz al ritmo de las lágrimas del cielo y seguimos hablando de lo que ya no recordamos haber sabido.
Ta.