jueves, 12 de febrero de 2015

2 Elementos Silenciosos

2

Volví una hora y media después. 
Mi padre estaba esperando en las sillas de la entrada con el periódico abierto. Deje a Koi que fuera a mi habitación y me dirigía a la cocina cuando me agarro del brazo, uno fuerte y frió.
“¿Donde estabas?” 
Me habían enseñado el truco de contar hasta diez, sino funcionaba que le sumara diez mas y mas, y mas. Que ayudaría a controlar, a decidir mejor las palabras y dar la repuesta que ellos quisieran. Era una mierda, por lo que fijaba mi mirada a las fotos colgadas en la pared y contaba las razones por las cuales eran mis padres. Recordaba mejores momentos y exhalaba. 
“Fui a la plaza”
Me soltó el brazo y me fui para la cocina. Sabia que me seguía por que escuche el crujir del diario con el arrastrar de sus pasos. Vi la puerta cerrada del estudio y la voz levantada de mi madre. Mi padre apoyo su mano en mi hombro y sin mirarme lo dijo, devuelta. Con el mismo vacío y temor. 
“Nos preocupamos por vos” 
Agarre el vaso con jugo, unas galletas y me fui para mi habitación. 

Me había tomado las pastillas, adhiriendo los somníferos. Logrando así despertarme a las 3 de la mañana, cuando mis padres fingían dormir en vez de estar aun trabajando. Con Koi fuimos hasta la cocina para encontrar el plato que mi madre me había dejado dentro del microondas. Puse el televisor como ruido de fondo y compartí la cena con el perro, me quede por hora y media viendo el mover de los personajes en la televisión. Queriendo callar los recuerdos de mi mente y no pensar en el día que era. Volví a mi habitación, tome otra pastilla para dormir y cerré los ojos.

Miranda y Miguel. Los chicos de los pómulos marcados, las ojeras y las ropas holgadas. Estaban sentado en una de las mesas en la esquina, murmurando y en una separación de un respiro entre los dos. 
Estaba a tres sillas de distancia de ellos. Tenían los ojos perdidos y los labios que se movían rápido. Se pasaban las manos por su pelo muerto, incómodos en los asientos. En los ojos que no los miraban, solía observarlos por que eran de los pocos que no respondían con violencia hacia el observar.
“Creo que no nos conocemos, soy Giselle ¿Vos?” 
Giselle, era dulce, era la flor en primavera y el azúcar en el café, era la alegría y los colores en ese edificio. 
Había gente amable, amarga, egoísta y abusiva. Sin embargo ella era los rayos en la oscuridad, de la cual nos alimentábamos. Eso no quería decir que ella era tonta. Ni era ciega a cuando la gente escuchaba, sabia la definición de privacidad, y no era difícil contarle los secretos que buscaba. 
No obstante conmigo quería hablar de Sebastian, sin explicaciones, sin decir su nombre, nuestras conversaciones giraban alrededor de el.

“¿Le darías esta gelatina? No esta comiendo y sino come lo van a forzar y se que el no quiere eso. Dile que es lima su favorita” 
Me dejo dos mientras repartía las pastillas de las 12. Para el momento que me había despertado, ya eran las 4 de la mañana pasadas y me dirigí de a dos escalones al techo. 
El estaba ahí, esa vez había traído consigo una manta por el frío que estaba empeorando en esas partes del país. Me acerque a el y le deje la gelatina, para cuando estaba terminando la mía es que el agarro la suya. 
Esa noche nos quedamos un poco mas allá de los primeros rayos, aprovechándonos de las horas extras que nos daban de dormir en los días fríos. Estábamos en las escaleras, bajando lentamente, con el dos escalones atrás mío, y manteniendo la distancia. La sabana levantaba la suciedad de los escalones y a ninguno de los dos le importaba. Estaba pensando en como debía de cortarme el pelo que ya me estaba tapando los ojos y como era que el de Sebastian se mantenía igual. 
Con la puntas cortadas y con un leve brillo bajo las estrellas. Pensaba en la necesidad de una ducha privada donde podría tardar treinta minutos sin que la gente me siguiera con preguntas y temores. En la necesidad de otros colores que no fueran el blanco, el azul, el rojo de Gise y el negro de Sebastian. Pensaba en cada pequeño detalle que podía distraerme del silencio: 

“¿Que sabes de la eutanasia?”

Transpiración en el cuello, las manos en forma de puño, punzadas en las piernas, la respiración agitada y las frazadas en el piso y Koi estaba ladrando. Los pasos apurados, subiendo las escaleras, la puerta que se abría y brazos que me sostenían y todo fue demasiado rápido. Una ducha fria, luego caliente, la conversación por teléfono: 
“Natural” 
“Posible abuso de las pastillas para dormir” 
“Vigilar”
Ese día mis padres se turnaron para quedarse a mi lado, tenia prohibido estar cerca de lo filoso. No debía estar solo, no podía salir, no podía respira. 
Mis padres no hablaban, miraban, me pasaban comida y agua. La puerta de la habitación se mantenía abierta. 

Era Lunes, no podían evitar ir a trabajar y no le iban a pedir a Micaela que me vigilara. Ya tenia un trabajo y no querían los rumores, las sospechas. Así que me dejaron con reglas a seguir y advertencias por cada acción. 
Se fueron rápidamente, con besos en la frente, una mirada por mis brazos, mi cuello, mi cuerpo y se fueron. 
Micaela estaba inmersa en su trabajo por lo que no noto cuando agarre a Koi y salí de la casa. Tome el camino contrario a la plaza y camine las veinte cuadras que eran hasta la casa con el portón negro y el parque de entrada. Agarre el correo que tenían en el buzón y les toque el timbre. Karen había cumplido seis años hacia tres semanas, estaba mas alta, con dos coletas, las rodillas raspadas y los shorts con la remera grande: 
“Lucas!” 
De ahí tomo unos diez minutos de tener a la familia completa a mi alrededor. El hermano de tres años, Marcos y Lucia la de diez años. Detrás estaban ellos, con las canas en los pelos, las ojeras despareciendo y siendo remplazada por la nostalgia. Los vestidos de verano y las mangas arremangadas, Martin y Julieta: 
“Es bueno verte Lucas, ¿Como estas?” 
Y fue caer en una comodidad, en seguridad y costumbre, con la comida casera. Los ruidos durante el almuerzo de los niños, la risa de Martin y la voz de Julieta que mantenía el orden. 
Era una familia feliz. 

“Te queríamos ir a visitar pero solo permitían familia” 
Mis padres no querían testigo, mis padres aun culpaban al resto. Mis padres aun querían distancia por que pensaban que mi dolor aun estaba en ellos. 
Estábamos sentados en el borde de la pileta, los niños durmiendo la siesta y los tres hablando del año que habíamos perdido. Las dificultades que no pude enfrentar con ellos. No había problemas sino una ausencia. 
“¿Que planeas hacer?”
Y esa era la pregunta que me había dejado la gente pensando, la que mis padres aun no hacían. La de las ultimas estrellas de una noche cálida, la de ropa negra y días lluvioso, la de detrás de mi puerta. Esa pregunta que estaba en cada esquina de mi mente. 
“Estoy planeando algo”

“Es una forma de terminar la vida, cuando estas cansado, cuando no hay soluciones. Pero cuando estas muy enfermo terminalmente. Es una elección que esta en la persona que lo pide”
Ya llevábamos tres horas sentadas en el frío de la noche. Ambos habíamos traído frazadas para taparnos con ella. Esta vez teníamos gelatina con galletas, Sebastian me había dado una. 
“Nunca te veo de mañana, ¿Porque es eso?”
Estaba nevando, ya había un manto de nieve en la naturaleza, dejándola dormir, y dejándonos en el blanco interno como externo. 
En esas noches los dos estábamos sentados en una distancia de tres pasos a la izquierda. Debajo de la única protección que había en la terraza y había temblores en nuestro cuerpo, narices rojas, con la respiración pálida en la oscuridad y el azul mas oscuro que habíamos visto. Era difícil pero era nuestra única libertad y paz de los días que vivíamos. 
Su voz aun era ronca y difícil de entender.
“Es cuando puedo dormir” 

El pelo despeinado, ojeras, dedos largos y remera estirada. Con tic nervioso en las piernas, estaba sentado enfrente mío. En el circulo que nos habían hecho armar, se estaba mordiendo la piel de las manos y de vez en cuando miraba para mi lado y me sonreiría: 
“Así que, ¿Como es el?” 
Me miraba con los ojos en movimiento. En las ventanas, en la gente que caminaba y en el piso. Estábamos yendo hacia el patio trasero, Gise había pasado y le había dado a el tres pastillas que se las trago con ojos cerrados y la repuesta de sacar la lengua: 
“Es callado” 
Habíamos llegado a las sillas del patio, donde ya la gente no salía por el frío. Se sentó al frente mío, con las piernas al pecho y los brazos colgando: 
“Si, creo que nunca nadie lo ha escuchado hablar”

Había llegado a la casa antes de que mis padres y unos minutos antes de que se tuviera que irse Micaela. De ahí fuimos Koi y yo, sentados en la calma del corazón de la casa, con galletas y música. 
Estábamos tomando sol, a las cuatro de la tarde, con los ojos cerrados y atentos a los ruidos de la puerta del garaje abriendo. Las puertas del auto cerrando, los tacos en las escaleras, los suspiros. Tardaron unos quince minutos en llamar mi nombre: 
“Presente!” 
De ahí fueron puertas cerrandose detrás de cada uno y una vez mas éramos Koi, la música, la naturaleza y yo. Nos quedamos afuera hasta que se fue el sol y mi madre me llamo para la cena. 
Me dio las pastillas, y la conversación de la mesa fue alrededor del trabajo de ellos, de mi pasar del día, de la tranquilidad en los mismos sucesos del día. Cuando estábamos levantando la mesa, moviéndonos lentamente, sabiendo bien nuestras posiciones y pasos, me detuve entre ellos dos.
“Deberíamos hablar de mis planes a futuro” 
Fue silencio, platos apoyadas en las mesadas, el televisor apagado. Hasta que mi padre retomo el paso lavando los platos, mi madre se detuvo en la puerta de la cocina y puso música por su celular.
“Es demasiado pronto.” 
Sabia que debía dar el siguiente paso, abrí la boca, ella se fue y mi padre, mi padre que había terminado de limpiar los platos apoyo su mano en mi hombro: 
“Tiene razón, recién saliste, aun no”

Para la mañana mis padres se habían ido, recordatorios de las reglas y palabras que se sentían vacías. La mañana transcurrió en sombras y luces en la pared de mi habitación. Estaba el ruido de los platos, de Koi ladrando, de la escoba y pasos. Cerraba los ojos aunque mi mente se mantenía despierta, y mis dedos jugaban con un sobre de azúcar gastado. En un punto se escucho el timbre con las voces lejanas pero cercanas, los pasos, la escalera, el golpe en la puerta y la voz de Micaela. 
Me tomo diez minutos en registrar. Pasos apurados, escalones de a dos, puertas abiertas, el raspar de los pies desnudos contra el asfalto, mirando para izquierda y derecha. Sin embargo no había nadie con la respiración agitada, y la voz de Micaela en mi mente: 
“Una chica paso dijo que te conocía, Gisele, me pidió que te avisara que los horarios de visita son de diez de la mañana a las quince de la tarde. Que te esperan”