jueves, 3 de diciembre de 2015

5 Elementos Silenciosos

5

“Tengo un plan, uno grande” 
Estábamos sentados en el borde de la vereda, los cigarrillos estaban llegando a su fin, las cervezas estaban semi vacías y estábamos a treinta cuadras de nuestras casas. No podíamos conducir y menos buscar un transporte que nos llevara, la mente era algodón y los ojos eran colores que no existían.
Su pelo estaba cada día mas corto y se sentía mas normal ver la ropa crecer en el y el aroma a plantas quemadas que se pegaba a su piel. 
Era ya algo cotidiano los ojos rojos y la piel reseca, las arcadas con el cansancio, lo que era anormal eran estos días. 
Los buenos, los de alcohol, noches largas, humo en los pulmones, cuerpos transpirados, autos gastados y vidas vividas.
“¿Ilegal?” 
Lo miraba, sonriendo, la ultima de las honestas, el tomaba un trago de su cerveza ya caliente mientras miraba las estrellas que ya empezaban a desaparecer, los autos pasaban cada veinte minutos y en algún momento debíamos empezar a caminar para alguna dirección pero aun seguíamos sentados ahí para cuando el sol ya estaba saliendo.
“Completamente”

Esa mañana las puertas estaban cerradas, los pasos eran apurados, la gente gritaba, golpeaba, aullaba. Sin embargo nadie respondía, solo se sentía la tensión, la desesperación, el apuro en los movimientos, en las acciones. 
Y por la ventana de la puerta solo se veía el blanco moverse, con palabras gritadas, perdidas, abusadas y había una emergencia. 
Todos lo entendíamos, pero nadie sabia de que, había una expectativa, una opinión que se gritaba entre todos. Un temor ante las posibilidades y un saber en lo que estaba pasando, hasta que solo fue silencio estático, puertas abiertas, limpieza y blancura. Ya nadie gritaba, nadie hablaba, pero todos estábamos contando.

Faltaba uno.

Esa noche nos reunimos en su cuarto, tenia las manos y piernas atadas a la cama y los ojos clavados al techo. Fue fácil entender, de comprender que el terror en mis huesos estaba sustentado, y no había necesidad de preguntar la puerta abierta en una situación así. No había preguntas que hacer que fueran solo perdida de palabras y tiempo. 
Me senté como lo había hecho el hacia unas semanas, con mi mano jugando con el paquete de azúcar y los dos estábamos callados hasta que el sol empezó a salir. Me estaba yendo, la puerta en un casi cerrar, la voz vieja y gastada se formo en un eco en mi mente “Hoy probamos con espejos”

Estaba leyendo en el estudio, en el sofá viejo que mi madre solía ocultar cuando habían visitas. Por que no era de aquellos que debía ser visto, aun cuando fuera mas cómodo que aquellos modernos que demostraban la clase social que ocupábamos en la ciudad. Aun así ese sofá solía ser ocultado en el garaje o con varias telas, los papeles que mantenía conmigo estaban apoyado en mi vientre mientras leía un libro de ciencia ficción. 
Era uno de los días que estábamos solo mi padre y yo en la casa, mi madre que había salido por una reunión de ultimo minuto. 
“Hoy me cruce a los Bruhl, parecía que estaban llevando el auto a arreglar” 
Mi padre se había sentado al frente mío, con una taza de te entre sus manos y los anteojos apoyados en su cabeza. Sus ojos se notaban cansados y su ropa estaba arrugada, era la definición de un Viernes y la ausencia de mi madre. 
“Mira vos” 
Mis ojos seguían en el libro, aunque había empezado a repetir la lectura del mismo párrafo, incapaz de agarrar el significado de una simple palabra. 
“Lo raro es que el auto no era de ellos, era uno viejo, usado, gastado, me parecía familiar pero no sabría de donde, ¿Lo conocerás?” 
Lo mire a sus ojos que estaban fijos en mi, esperando, ansioso por la repuesta que el ya había tomado por mi. Di por terminada la lectura, me levante con los papeles en la misma mano del libro. 
“La verdad que no” 

Estaba sentado con la espalda derecha, las manos en las piernas y esperando. 
Esperando a que alguno de los dos hablara, sin embargo los minutos empezaron a pasar, mis manos se empezaron a mover. El se deslizo por su silla, y la gente se movía, se iba, llegaba, saludaba, hablaba, hacia. 
Y nosotros seguíamos en silencio, mis hombros caídos y aburrido en el momento, con palabras por decir. No obstante no movía los labios, estábamos en los últimos minutos, en la ultima oportunidad.
Lo mire de reojo y vi su perfil, ángulos marcados y aun así suave y delicado, gentil con tristeza e ira en su rastros, lo mire observar la ventana 
“Veo que podes ver tu reflejo” 
Los ojos de el se cerraron pero la mirada no cambio de postura y cuando los ojos se abrieran su reflejo aun estaría ahi. Su recuerdo estaría ahi. 
“Pase lo de los espejos” 
La voz aun era cruda, seca y difícil de escuchar sin embargo empezaba a mostrar gentileza, empezaba a sanar, a vivir.
“¿Como esta el?” 
Quedaba una hora de las visitas y hablamos por diez minutos de las heridas en nuestras relaciones.

Con Koi habíamos escapado durante uno de los almuerzos programados de mis padres, donde una vez mas debía sonreír y dar repuestas automáticas. 
Aunque con desviaciones y vueltas, nos habíamos alejado lo suficiente de la casa para no poder llegar a tiempo y luego escuchar las quejas y comentarios de cada uno que me dejarían en la oscuridad y silencio de su desaprobación.
Lo que no me había dado cuenta, siguiendo los pasos de Koi, que se asustaba con autos y perros mas pequeños que el. Que sin intención o dirección habíamos terminado enfrente de rejas altas con paredes grises y arboles que se movían con el viento y gente que no hablaba. 
Habían flores en cada puerta, palabras escritas en tinta permanente en casas pequeñas y grandes.
Estábamos caminando en silencio, uno al lado del otro, con los ojos en el piso, pasamos las casas, las estatuas, las palabras y llegamos a una parte de tierra. Y ahi estaba, con narcisos y tulipanes, la cruz adelante de la tierra mojada y el asiento vacío. Donde aun estaba todo fresco y nuevo, me derrumbe ahi, con piernas cruzadas, la cabeza de Koi apoyada en mi regazo gimiendo levemente. 
“Ha pasado tiempo” 
Sonreía, con mis manos que se enterraban el pelaje negro de Koi, y miraba las letras, las re leía y re leía. 
Las reconocía y mi corazón se oprimía, no había sonido, era todo estático, mis ojos que ardían, mis labios que sangraban y las manos temblaban 
“Hice un nuevo amigo” 
Las lagrimas corrían, las manos temblaban, la respiración era agitada pero las palabras se escapaban de mis labios.

El frío se estaba yendo y un calor entraba en nuestros huesos, el blanco estaba en pelea con el verde y mis ojos se despertaban del dormir. 
La blancura era otro color en el rosa, rojo, verde y marrón, era un recuerdo y una pesadilla que me ahogaba en puertas cerradas y preguntas que nunca terminaban. Con medicamentos que se pegaban a la garganta y la ropa que acosaba a la piel.
Era de tarde y habíamos ido a uno de los patios pequeños, donde la gente no salía por que el sol estaba entre nubes y el viento estaba frió. Eramos nosotros sentados en las sillas, era uno de los días raros donde nos cruzábamos en la tarde, el con sus ojeras y yo con mis manos temblando. Los ojos evitando encontrarse y los dos caminando para respirar.
Estábamos sentados en los escalones, con los pies descalzos en el frío de la tierra donde podíamos cerrar los ojos y fingir que estábamos en cualquier lado menos en el blanco.
Lo sentí a los minutos, segundos y horas, un rebotar, un rozar, un mover, y lo vi en el rabillo del ojo. 
El moverse de los dedos tan ágilmente, en las piernas a sus costados, se doblaban, se entrelazaban, bailaban elegantemente, con ángulos y experiencia. La cara tranquila y una sonrisa escondida en los labios.

“En tres días me voy” 
Estábamos comiendo, mi madre estaba leyendo unos mensajes en su celular, los ojos de mi padre estaban fijos en el televisor y yo jugaba con lo que quedaba de comida en mi plato. Habíamos caído en la rutina, acostumbrados a las pastillas, las pesadillas, el silencio ya era normal, solo quedaban los ojos de mi madre en mis manos, las palmadas de mi padre en la espalda y el eco de las reglas. 
“¿Disculpa?” 
Habían pausado sus acciones, sus ojos en mi, su cuerpo en mi dirección y la palabra era mía. Estaba preparado para esto, mi cuerpo vibraba en emoción, la transpiración estaba en mis manos y mis labios tenían pequeños moretones. Aun así me mantuve firme al mirarlos a los ojos. 
“Les aviso, que en unos días me estaré yendo de viaje, aun no se donde. Dinero tengo, me mantendré en contacto” 
Lo dije lo mas rápido que pude, agarrando el ultimo bocado de la comida y levantándome. Mi padre se estaba limpiando los anteojos mientras mi madre me miraba con los labios en una fina linea. 
“¿Es que estas loco?” 
La voz de mi madre que sonaba fría tenia un temblor, un delatar de la preocupación, del temor y el saber de la repuesta que di mientras me iba de la habitación.

En la habitation se escuchaba canciones de “The lumineers” y Giselle estaba sentada en un sillón en una esquina. 
Cantando en voz baja la canción mientras leía una revista de medicina, con las piernas levantadas sobre el sillón de enfrente. Tenia el pelo en una coleta y cansancio en sus ojos, me vio entrar y me sonrío.
Me senté en la silla al lado de la cama, su piel estaba pálida a falta de sol, la respiración manejada por maquinas y los ojos pegados con cintas. El pelo opaco y las venas resaltando su camino, aun siendo el espejo de Sebastian. 
En ese momento, eran dos personas distintas, dos extraños con las mismas características, imitadas a la perfección. 
“Pregunto por vos” 
Apoye los codos en las rodillas y me acerque mas a el, la ventana detrás mío estaba abierta. De ahi entraba una brisa de primavera que limpiaba el aroma a desinfectante en la habitación. 
“Esta mejor, limpio…aun se culpa, pero esta aprendiendo a aceptarlo, a ver la imagen completa…de a poco mejora” 
Las canciones pasaron, Giselle salió de la habitación, mire por la ventana y el sonido de las maquinas se escuchaba debajo del exterior y la música, me quede por unos minutos, una hora. 
“Lo voy a cuidar”
Deje atrás un papel con un numero de celular para Giselle.

El día estaba nublado, los arboles tranquilos se balanceaban con el viento, la gente caminaba a paso ligero en el pueblo. Los autos pasaban cada quince minutos y llevaba dos horas estacionado, esperando. Había llegado antes, deje a Koi con los Bruhl y unas cosas mias, como también había aprovechado de irme en el horario en que mis padres no estaban. Dejando la carta y dos mensajes de voz, tenia la mochila guardada en la cajuela del auto. El auto pasamos tres semanas arreglando, antes, antes de todo. El cual sus padres habían terminado.
A las dos horas y quince minutos la puerta del pasajero se abrió y  cerro. Estábamos mirando la calle, prendió la radio y sonaba “Fleetwod Mac”. 
Al lado de un saco de azúcar azul el apoyo uno rojo. 

Estaba en el techo, era una noche de verano, los dos contra la pared, los hombros chocando. 
Compartíamos una gelatina verde, las piernas estiradas y las palabras contadas, el amanecer se acercaba con cada minuto. 
Y las estrellas brillaban mas frente a nuestros ojos, pudimos nombrar constelaciones y llegamos a ver una estrella fugaz. Era una noche que justificaba la blancura y la vida.
“Tengo un plan” 
La gelatina de el se había terminado, tenia los ojos cerrados, el único delatar en su despertar era el mover del pecho. 
“¿Que plan?” 
Me reí en voz baja, mirando a las estrellas, su voz aun ronca y sentí el posar de su mirada en mi. Atraje mis rodillas a mi donde apoye mi cabeza para mirarlo. 

Y le sonreí.

T.A.