domingo, 3 de julio de 2016

Preguntas de tiempo sin repuestas


Vestido azul con manchas de descoloracion, un error que ella mostraba con orgullo porque ella ea un error en varias vidas y no le importaba. Ella era una contradicción completa, ojo de hojas de otoño y otro era hojas de primavera siempre ocultos detrás de unos anteojos que eran como el lado oscuro de la luna, uno creería que quizás lo que la definió fue la primera frase que entendió.

“Los salmones nadan contra corriente, necesitamos mas salmones”

Ese fue su abuelo, aroma a tabaco, sweters, con secretos y hoyuelos de relatos vividos. Los anteojos eran de el, lo único que ella creyó que debían ser salvados, lo único que el fuego no quemaría en intentar borrar a su abuelo del mundo. Los anteojos que fueron testigos de su extraordinaria vida.

Ella tenía veinte y no tenía un camino que seguir. Su pelo eran los colores del arco iris, se había negado de inundar ese día de lluvia de lágrimas en negrura por lo que colores que pintaban la negrura de un día de lluvia. 
Sus manos eran frases que sólo eran el medio de un relato que se le escapaba como aire oculto en su mente, venía usando el mismo par de zapatillas negras desde hacía dos inviernos, el tiempo no había sido amable con ellas, pero aún cumplían su trabajo y aún tenían pisadas por crear. 
Una campera de cuero que se había escondido en el fondo de una venta de objetos de un pasado que ella no vivió pero soñó y añoró. Mochila en la espalda que tenía su universo, linterna, polaroid y cuaderno, ahí iniciaba y terminaba su vida. 

Y una noche de techos de suicidas inicio su vida.

Caminar sin rumbo y ojos cerrados era caminar un barrio con vida, y ella atrapaba momentos infinitos. 
La luna que era hermosa y seductiva, la gente se emborrachaba en su luz y declaraba su amor enfrente de las guardianas de ella, eran momentos del flash de una cámara, relatos que el sol borraría. 
En su mano creció la frase Mi vida es secretos de noche y negaciones de día

Su guía en la vida nocturna eran videos que eran hilos que movían sus dedos con una facilidad de conductos, sus dedos bailaban con sabiduría de repetir y la puerta ajena se abría como si ella hubiera suspirado la palabra que era su nombre. 
Sus piernas subieron en saltos las escaleras que la llevaban a la cima que revelaría una ciudad bañada en luces y vida.

Llego y sus pulmones perdieron los últimos suspiros de vida en el reflejo del cielo en la ciudad. 
Sus dedos vibraban con emoción y deseos de encerrar ese momento en lo infinito de fotos de paredes. Ese instante fue cuando apareció el baile con la muerte, no tenía equilibrio o no tenía mentalidad para mantenerla. 
Sus brazos se alargaban al viento en busca de estabilidad, su cuerpo el viento manejaba como un junco, que se negaba a caer su boca lideraba una risa oculta de primavera, y ella no quería sacarle una foto, era de esos momentos egoístas que quería sólo para sus ojos. Recordar su pelo del color del atardecer que prometía una vida sin fin, dedos que tocaban teclas de aire, remera con historias que contar, zapatillas ahogadas en dibujos. Y su baile de equilibrio era el encanto de la serpiente. 
Se detuvo, una sonrisa que era libre y privada, la pureza de la felicidad que se pierde en crecer. Sus ojos eran los caminos de tierra que ella soñaba de atrapar en fotos y sus ojos la vieron mientras ella huía de ese momento que el había quebrado. 

Tomo esquinas con ojos abiertos y la mente que sabía, no dudo en ningún pisar. Se sintió al descubierto e incapaz de sentir culpa en irrumpir el momento que vio. Sus párpados se cerraban y re veía ese instante y sabía que nunca lo iba a olvidar.

Se detuvo, cuando perdió la cuenta de distancia, cuando su respirar era un sonido de alarma y sólo quiso intentar agruparse y mentir, mentir que no quería ahogarse en ese momento, en esos ojos que estaban vivos e incapaces de ser retratados en un infinito.

-¿De qué huimos?

Su corazón se detuvo  en un salto que duró lo que costo recuperar el respiro de una noche de corridas. Por el rabillo del ojo lo vio, ahí estaba, contra la pared, pelo que escondía sus ojos, esos ojos que ella veía en un pestañear, y que ahora la acosarían.

-De ti.

No la miraba, esos ojos seguían ocultos y ella imploraba por ellos como un suicida desea la muerte, adrenalina y temor. Su sonrisa fue torcida y escondía un secreto que ella quería robar.

-Ahora eso es tonto.

-¿Qué? ¿Por qué?.

No entendía, no lograba comprender porque le hablaba, su voz que era un silencio en cenar, le sonaba ajena y distante, un viento de otro mundo. Sin embargo, ahí estaba ella hablando sin temor o duda, sin palabras en cuales esconderse.

-Porque no se puede huir de personas, siempre están presente, aunque no las veas como el aire.

Esos ojos que se ahogaban en vida bajo las estrellas de un techo de extraños estaban sobrios y hablaban de una verdad que era un escalofrío bajo el sol de primavera. Su sonrisa era la creada en la sabiduría de un dolor perpetuo y ella sintió en su lengua el pesado sabor a mentira que era como sangre entre sus dientes.

-Entonces ¿por qué huías?

La neblina creció en su mente y su lengua se escondió en la oscuridad de su boca.

-¿Querés averiguarlo?

-¿Qué cosa?

Su mano se extendió, dedos separados, largos y manchados en colores de relatos. Eran una propuesta de danzas bajo la lluvia y esos ojos que eran espejos de otros, brillaban como las últimas estrellas existentes en la ciudad. Una sonrisa de secretos de salmón y en suspiro le susurro:

-Vivir

Ah, su cara el diablo seduciéndola como ángel y ella quería negarlo y quedarse con ese infinito pestañear que le había robado, sin embargo ella deseaba bañarse en la oportunidad de ser una de sus fotografías, deseaba recordar tiempos donde vivir se sentía como morir sin dudas y ojos cerrados, como si el respirar fuera uno robado, deseaba entender completamente, una vez más, aquella frase.

Su mano era el hielo escondido bajo el iceberg, y la de ella era la que hacía sombras con la luz de la luna, y como un secreto prometieron una vida de una noche.
Ella era ciega y muda hacía aquellas calles que ella había caminado en noches sin fin y había dibujado cuando el frío era demasiado desalmado, no eran sus calles cada pisada de él, era una nueva luz y un lugar que ella había rechazado.
El hablaba de un mundo que se sentía como una galaxia lejana y escondida y ella sentía que no sabía nada y su corazón corría en una adicción de descubrimiento y adrenalina.

-¿Un cine?

-Las mejores películas y en su mejor momento son la última función.

No tenía sentido lo que decía, ella dudo y su mano quería escapar y huir pero esos ojos eran estrellas y la sonrisa eran secretos de la noche, el estaba tirando los dados y manipulaba el aire alrededor de ella. Sin embargo, su voz era la firmeza de la tierra y ella lo siguió.

No te puedo prometer un ahora, pero te puedo prometer tiempo. Era una artística donde los ojos dormían abiertos, y las imágenes de la pantalla parecían sueños con pesadillas. Su cuerpo se sentía ajeno y distante, eran los comentarios de él y sus movimientos que hacían de esa película una experiencia única, sus palabras eran tentaciones dichas al oído que la emborrachaban y la ahogaban a ella en risas. Sus movimientos atraían más que la película, sus dedos que bailaban sigilosos y rápidos, su cara que creaba varias expresiones en esos 90 minutos, ella entendió que no le diría que no nunca, y no le asustaba.
   
El le cerró los ojos y le susurro un mañana con el que ella podía soñar, un infinito de posibilidades él le prometía y un tiempo sin lagunas de olvida, ella escucho los pasos que se alejaban que eran como espinas en su corazón, sin embargo ella sabía que más le dolería verlo, que sería como promesa rota. Entonces ellas guardo el eco de su pisar entre los rápidos latidos de su corazón.

 No recordó el esconder de ella en su cuerpo, sólo recordó los deseos de relatos con el que inundaron su dormir y crearon grandes sueños que parecían realidades inalcanzables.

La luz del sol fueron palabras de un mundo que ella desconocía y había olvidado, bailar bajo rayos de sol y cantar canciones enterradas en polvo, un ardor que era una punzada en su mente de un pasado ahogado en lagunas y un tiempo de horas que duro hojas en el viento, su mente no le dejo pensar que esa ilusión de horas fueron su fuego a sus cenizas de Fenix.
Cada día que le seguía una danza bajo las estrellas era una día para encontrar a quien perdió, una pisada en un camino olvidado.

-¿De quién es?

Aún con la certeza, aún con un seguir y un desear de saber que nunca moriría, sus noches iniciaban siempre con preguntas y repuestas que no afirmaban ninguna verdad.

-No es mío, no es tuyo, no es de nadie. Sólo es.

-¿Para qué?

Esa pregunta era rutinaria, se sentía vacía pero igual ella lo diría sin fin porque en ese momento ella lo vería, vería sus ojos que brillan con vida y son estrellas en la tierra, y esos labios que nunca decaen en tristeza arman las palabras que ella desconoce pero necesita escuchar.

-Porque para vivir hay que  morir y para morir hay que hacerlo sin ataduras.

Ella nunca preguntó su obsesión entre la vida y la muerte, él bailaba con la muerte en una belleza que hipnotizaba y atraía, el bailaba con fuego bajo la lluvia, pero no moriría. Porque él amaba vivir y él sabía que los dos vienen de la mano, o eso es lo que la mente de ella aclamaba.

-El tiempo se escapa mientras dudas, ¿Vienes?

Ella no compartió una primera vez con él, y no sabía como sentirse sobre eso, como comprender que el repetir de una acción lo ahogaba en risas sin eco perfecto. Sólo entendía que sus cámaras fallarían en atrapar la grandeza en la que él conducía la noche, con esquinas bruscas, velocidades en busca de algo, y un cuerpo sin restricciones de seguridad, de nuevo juego con la mente esa noche. Era descartable, y conducía sin dirección.

-En busca del sol.

-Sólo siento cansancio y no recuerdo como renunciar.

O eso dijo él. Y ella no entendía pero con el viento que le pesaba en la cara, sus manos que hacían olas en la nada y su voz que cantaba sin letras era su distracción hacia lo que pasaba, ella no veía como los edificios desaparecían y la naturaleza sin lágrimas aparecía. Las horas transcurrían como gotas saladas en días de corazones rotos, y nadie se iba a dar  cuenta, nadie temía perder los segundos, sólo importaban los latidos de un corazón que era incapaz de detenerse. Lo vio pequeño, una ilusión de pestañas, lo sintió como un escalofrío con el fuego, detrás, lo nombró con palabras mudas.

-Parate.

Sus ojos se escondían detrás de los lentes que eran la única atadura de ella a un pasado negado y aún así, ella veía el brillar de ellos y tenía preguntas que saciar, sin embargo con una fe de ojos abiertos ante un abismo se paro.

El viento la azotó, pero sus pies eran la tierra y ella era firme, sus ojos brillaban con lagrimas de libertades rechazadas, ella se baño en los primeros rayos de sol, un nuevo inicio de ojos abiertos y corazones ciegos. Un grito con polvo salió de su interior y recordó. Recordó corridas con caballos, lágrimas de aventuras vividas, el bailar bajo la lluvia, la promesa de una vida sin fin. No se sentó, se liberó y dejo que sus cenizas se esparcieran para que naciera de vuelta. En el momento del nacer del sol, ella lo miro a él y se dejo creer que ellos, eso, era un por siempre.

En el momento del regreso, fue el estirar del elástico, fue el desear de retener las gotas de lluvia. No se podía evitar pero podían intentarlo, el silencio los inundó, el respetar de una calma después de una tormenta, y ella estaba bien porque se despertó y no se reconocía, no sabía quien era. Era el fin de su otoño y tenía que ser valiente.

-Tengo que irme.

-Ok.

El nunca preguntaba y ella se sentía sola. Fue cuando se bajo del auto que antes que rechazar otro adios le preguntó por la soledad.

-¿Por qué nunca preguntas nada?

-Porque tus preguntas son las respuestas a mis preguntas.

Y sus charlas terminaron con el eco de su voz en su mente y ojos cerrados que negaban la distancia de los dos.

El se fue, y sólo escuchaba los ecos de sus pasos en las calles inundadas en oscuridad y gente con ataduras que seguir, fue lento, un reflejo con ondas, recuerdos de sonrisas con lágrimas, fue la risa bañada en sol que vieron los madrugadores, un baile olvidado en primera gran tragedia. Enterrado en cenizas esparcidas por el mundo y olvidado en lagunas era el baile en el viento,  y lágrimas que eran las gotas de lluvia y risas que eran la música para liberarse. Su cuerpo se había soltado y bailaba sin restricciones, no había rutinas que seguir solo una alegría que recordar, la sonrisa era salada porque no viene libertar que no duela y adios que no torture.

-¿Cuánto tiempo?

El inicio era el fin y ella se quebraba. En una azotea, más alta y más solitaria. El estaba sentado sin temor en el borde, el viento era deshonesto pero él no dudaba ante el vacío que o consumiría. Ella no tenía que ver sus ojos para saber, reconocía en el frío y en el vacío que era su cuerpo que era una bifurcación. Sus palabras melódicas las arrastró el viento.

-¿Cuánto me das?

Y esto era una montaña rusa, y quería bajarse porque ahora ella entendía sus pocas ataduras, la ausencia de temor era evidente desde el eco de sus pisadas.

-Mi tiempo, todo. Sólo no te vayas.

Se dio vuelta y una sonrisa de telarañas y ojos de cansancio la miraron y la quebraron en súplicas internas.

-El tema es que el ser humano no fue creado para quedarse en un solo lugar.

-Pero no podrás divagar por siempre.

Sus dedos eran fríos en los cachetes cálidos, eran agujas al corazón que la forzaban en aceptar la realidad que ella buscaba esquivar como la muerte pero ya su caricia parecía una ilusión. Era un adios sin palabras.

Lo abrazó, lo abrazó por lo que valía, por recordar lo que era él, sus brazos largos pero cálidos, su cuerpo que el viento abatía pero no tiraba, su aroma a lágrimas ahogadas en noches de fuego bajo las estrellas. El calor de su cuerpo que era el  resguardo en una noche de invierno, su esencia que ella guardaría como tesoro secreto, sus noches ella lo recordaría en las estrellas y el nombre de él sería un suspiro de deseo quebrado.
Y él la recordaría como sueño distante a una promesa de un deseo.

-Prométeme un mañana!

Y era injusto, y rompía el corazón en copos de nieve bajo el sol porque ella debería pedir esa promesa, ella deberá pedir más, un infinito más. No quería que él trajera la realidad en su último segundo, quería 

engañarse en su aroma que prometía más y nunca un final. Sin embargo, ahí la estaba mirando él con esos ojos desnudos y secretos que sabían que ella caminaba sin temor porque la muerte para ella era una duda, un deseo, una tentación, pero había un dilema.

-No puedo.

-¿Qué?

Ojos desesperados, sonrisa torcida.

-Porque el tiempo es una ilusión, así que no puedo prometerte un ahora, pero si mi tiempo, lo largo o corto que sea es todo tuyo, atado a ti.


El dilema era él, el inicio de una vida y el fin de una muerte.

T.A.

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