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Estaba en el patio trasero, la noche anterior había nevado, por lo que había nieve en cada parte del patio y la naturaleza ya no se diferenciaba de las nubes.
Estaba sentado en la sillas frías y duras para poder respirar el aire que lastimaba mis pulmones y perder mis pensamiento en el abismo que era el blanco de ese espacio. Los únicos sonidos que escuchaba eran las conversaciones detrás de las paredes, con el crujir de la nieve, el pasar de los autos por la calle con sus bocinas y sus aceleraciones.
No había demasiado con lo cual distraerse en ese lugar.
Me había puesto dos buzos para poder salir, tres pares de media, y una toalla que fue lo único que encontré como manta.
Llevaba sentado ahí ya un rato después del almuerzo y la segunda vuelta de las pastillas, las preguntas por el día ya se habían hecho, aunque luego habría una continuación. Fueron pisadas bajo la nieve, el arrastrar de la silla contra las piedras, el exhalar y el mover de piernas, que me hizo ver a mi costado.
Para ver moretones en la cara, sangre seca en el labio y los nudillos rojos y morados, y aun así el estaba sonriendo, como el desquiciado que era:
“Deberías ver al otro”
Al otro, no lo volví a ver por cinco noches seguidas.
Había re tomado natación, para poder hacer algo durante el día, con las reglas que me habían dejado, no tenia demasiado de libertad.
Atrapado en una carcel de una radio de quince cuadras, con Koi que podía sacarlo a pasear por una hora y media. Mientras que tenia derecho a la libertad que quisiera dentro de la casa, siempre que hubiera un adulto responsable en la casa (como si ya no lo fuera, como si hubiera perdido el derecho).
Por lo que ahora me quedaba nadar en las mañanas, libros que perdían su interés con la presión de la distracción, la plaza ya conociéndola por cada árbol, silla, piedra y quebradura en el suelo. Aprender a cocinar solo para Micaela y yo, y manteniendo una conversación discreta con los Bruhl.
Hubieron días que acompañe a mis padres a las compras diarias y nos cruzamos con gente que mantenía la farsa que habíamos creado, por lo que había optado de dejar de acompañar en esas salidas.
“Tengo que ir por un chequeo”
Estaban los dos en el estudio. Mi madre leyendo los contratos de una nueva firma que necesitaba su ayuda y mi padre con los ojos en la pantalla de la computadora. La única evidencia de su escuchar fue el crujir de las hojas, el clavar de las teclas mas fuerte, y de ahí fue silencio prolongado, con mis pies firmes y derechos, mis ojos en un punto clave y esperando:
“¿Cuando?”
De ahí fueron mentiras, del día a la hora, de los momentos que sabia que ellos no podrían y esperando que pudieran soltar.
Aun sabiendo que ellos no querían volver a pisar ese lugar por una décima vez, sabiendo que ellos lo empujaban a la oscuridad de su mente, pero que aun así necesitaban sus ojos en mi, aun tenían miedo y desconfianza por mi y hacia mi:
“Muy bien, podes llevar el auto, pero te esperamos de regreso para las seis, ¿De acuerdo?” de ahí el tema no se volvió a mencionar, en la cena se prendió la televisión y nadie hablo, nadie hablo tampoco el día siguiente y por medio día mas.
La sexta noche el estaba sentado contra la pared de una de las esquinas, tenia la cabeza en las rodillas, los ojos cerrados y las manos en los bolsillos. Estábamos sentados en esquinas opuestas, sin hablar. Sin hacer sonido nos quedamos esa noche dejando el tiempo pasar y las estrellas brillar.
Era una de las pocas noches cálidas de invierno, donde no había nevado hacia dos días y el aire no lastimaba los pulmones. Donde se debía resaltar el púrpura con amarillo en su piel sin embargo tenia el ojo negro, los nudillos blancos y un labio partido.
Sin embargo era cuando bajas la mirada, cuando no buscabas en la cara era que veías los brazos que tenían un arco iris de verde, amarillo y morado, donde lo habían pintado y marcado.
Aunque, esa noche no hablamos de eso (nunca hablamos de eso) aun cuando sabia la razón detrás de ello. Manuel me lo había dicho, en reproche, en culpa y duda, en un simple puchero juvenil:
“Solo le pregunte porque era que estaba acá”
Decidí no preguntar, no presionar, no obstante la gente me daba razones, explicaciones, justificaciones que no necesitaba, ni quería, como la de Gisele:
“No supo diferenciar, era uno de los días malos”
Pero el y yo nos quedamos en silencio, sin compartir nuestras justificaciones a nudillos limpios.
Era una mesa circular, tres sillas vacías en su alrededor. Habían diez mesas en diferentes puntos de la habitación, la habitación con tonos grises y blanco. La gente entraba lentamente, con cabezas gachas, abrazos desesperados y besos.
Bienvenidas calidad y cariño en los ojos, y ya no sentía la envidia del visitado sino el aprecio del visitante. Mi mesa estaba vacía, lejos del resto, al lado del ventanal que daba al patio central del edificio.
Los dedos de mi mano caían en escalera sobre la mesa, manteniendo el tap tap tap, vigilando la aguja del reloj moverse y esperaba.
Habían pasado diez minutos, aun me quedaban dos horas y las iba a esperar, aun cuando las familias se iban, cuando la gente me reconocía y la habitación iba quedando vacía.
Se sentó a mi lado y agarro el saco de azúcar de mi otra mano y lo empezó a girar en la mano:
“¿Me vas a contar de Tomás?”
“Háblame de Tomás”
Estábamos en uno de los turnos de uno a uno. En una sala de demasiados libros viejos, sillones cómodos, colores en las cuatro paredes. Vida en las ventanas y sus anteojos en el escritorio, las manos entrelazada y la libreta apoyada a su costado.
Llevábamos diez minutos de silencio, las preguntas ya habían sido agotadas y habíamos iniciado como siempre, con mis ojos cerrados y los de el fijo.
Mi boca estaba seca, la garganta la tenia cerrada y veía detrás mis párpados las ojeras de ojos verdes, las costillas en piel morena, el vomito, los pelos tocando las copas de los arboles y casi volamos, tan cerca que chocamos.
“¿Lucas?”
Estaba llegando al numero cuarenta cuando el volvió a preguntar y no había limite de hora, no obstante si había un limite de paciencia y lo estaba probando cada día que me quedaba callado sin responder a la mismas pregunta.
En algún momento debía ceder para iniciar, no obstante estábamos trabados en la misma repuesta de siempre:
“Tomás, familia, muerto”
El suspiro del doctor y silencio.
La definición de Tomás en mi vida.
No es un conjunto de palabras o un sinónimo que lidere a otra palabra, la parte que el jugo en mi vida dejo una marca de su existencia y esta era mas grande y compleja que la vida.
La explicación que podría dar una repuesta y solución a los problemas que me llevaron a lo blanco tardaría años en poder explicarlo. Mas allá de que lo que me queda de ello son varias imágenes sueltas y sonido que lo acompañan.
Pianos desafinados, pisadas apuradas, bocinas, botellas contra paredes, piletas en noches de tormenta, Nina Simone al volumen de vidrios que vibran, las risas a la noche, promesas compartidas y suspiros de medianoche.
Las imágenes de niños compitiendo en velocidad, sillas que volaban, moretones en los ojos, pantalones rotos, uniformes perdidos, lagrimas borradas, adolescencia vivida. Choque de autos, mochilas armadas, cigarrillos apagados, salas de emergencias, sangre en el vomito, desesperación en la vida, sangre en las manos, el aroma a desinfectante, perro mojado.
Primavera y el aroma a jazmines, la explosion de fuegos artificiales en otoño, fotos en flash, escapadas del colegio, planes armados, corazones rotos.
Hay una vida entre los dos, entre el nombre de Lucas y Tomás. Hay una galaxia, con tragedias y alegrías, nuestro primer amor, nuestras peleas, los pecados compartidos, “Donde vayas, yo sigo”
De uniones que no separaban las veinte cuadras, mi habitación era su habitación, su casa era mi casa, nuestra familia quebrada y unida eran compartidas, y donde uno estaba el otro estaba ahí. Con una separación de sangre y ADN, que era una ilusión, éramos la dinamita que explotaba al otro.
Funerales, cumpleaños fiestas de egresados, desilusiones y expectativas, éramos un nudo que no se podía desatar, un nudo que solo se desato en el silencio de una habitación blanca.
“Quizás otro día, ¿Como estas?”
El pelo estaba limpio, las ojeras eran casi inexistentes, los dedos jugaban con el sobre de azúcar y sus ojos estaban en la ventana. Hubo un silencio que se alargo entre los dos y había algo que las semanas separados no había cambiado. Era cómodo, costumbre y seguro el ritmo que volvía a mi cuerpo con la presencia de el.
“Bien, a veces duermo de noche, ¿Vos?”
Había falta de información en esa repuesta pero sabíamos nuestro baile y nuestra conversación fue clásica, moderada.
Hablamos de mi familia, de Koi, de Micaela y ocupamos la hora en baches de silencio con conversaciones breves. Fuimos los chicos de noche a las dos de la tarde, a los cinco minutos de que terminara la hora, cuando habían pasado con una rápida advertencia y la sonrisa que aun encontraba falsa y distante. Se levanto, lanzo el sobre hacia mi, se quedo parado, y sin mirarme, iniciamos un nuevo ritmo.
“Te veo la semana que viene”
No fue difícil decirle a mis padres que querían una reunión semana una forma de mantener un régimen, de que no cayera en decepciones y viejos hábitos. Con un movimiento de manos y la vaga repuesta de
“Si eso dicen tus doctores esta bien”
De ahí fueron otros días de silencio y cenas inesperadas en las que me dejaban solo, de Micaela llenando la casa con música, televisión y charlas perdidas. Koi ladrando cuando no estaban y acostado a mi derecha, los Bruhl y sus almuerzos caóticos y sus tardes de lectura.
No obstante nunca con mis padres y su necesidad de hablar, de mejorar y estar bien. Habíamos superado esos intentos, ya sabíamos como éramos y que esperar y para el Lunes ya estábamos hablando una vez mas, sobre el trabajo, la casa y la familia.
“Hoy es mi cumpleaños”
De alguna manera, en una noche, habíamos terminado en mi habitación, la suya el decía que tenias demasiadas sombras y telarañas.
La mía era nueva, lejana y limpia. Ahí estábamos, sentados contra la pared a tres cuerpos de distancia, porque había nevado, hacia frío y estábamos evolucionando en no querer renunciar a las noches compartidas.
Ese día Gise nos había dado pudines de chocolate, el se acerco un cuerpo y choco su pudín contra el mío antes de comer. Le sonreí mientras comí lo que era mi torta de cumpleaños, mis padres habían llamado e ido a visitar por una hora pero
“Trabajo, lo lamento, iremos la semana que viene”
(un mes después volvieron).
Comíamos sin apuro y mirando la nieve caer por la ventana, y en un momento donde cerré los ojos y había terminado el budín, sentí el tacto frío de sus manos en mi piel, los ojos verdes apagados que miraban a las esquinas, y los pies nerviosos
“¿Que?”
Me agarro de la mano y me levanto, estábamos en la mitad de la habitación, con la cama contra la pared y poco espacio para movilidad. Tomo dos pasos de distancia, me miro, se mordió los labios
“Baile incomodo”
Empezó a bailar, con ojos cerrados, los brazos sobre la cabeza y girando en su eje. Era una locura, no era un baile, era solo movimientos sin coordinación que eran libres, fáciles y felices. Y estábamos bailando, a ojos cerrados, chocando, sin parar y dolor en los músculos y los pulmones con el sonido de mi risa y la visualización de su sonrisa que estaba escondida entre sus manos.
En los días de visita, solía estar sentado en una mesa esperando por mis padres, que no llegaban. Luego me llegarían dulces, cartas, regalos, disculpas y ya no había sorpresa en esos días, excepto cuando si venia uno de los dos.
En esa ocasión mi madre había venido, se veía cansada, mas grande que su edad, con canas en el pelo, las arrugas en los ojos y la ropa gastada, parecía derrotada y me dolió. Me lastimo en el ser, en el alma, ver lo que en verdad mi estadía le hacia a ella, esa fue la única vez que ella se me mostró cruda y real.
Con sus manos cálidas en la mía, preguntando por mi, ofreciendo comida casera y haciendo comentarios de mi estado, y sobre todo, escuchando, sin comentarios o juzgar.
Cuando me había retirado para el baño, pude ver que era un día que la sala estaba llena de familia, amigos y amantes. Había lagrimas, sonrisas como un silencio devastador, que nacía en una esquina de la sala, cerca de la ventana.
Ahi habían dos personas, un hombre mayor con anteojos de sol, vestido de traje que estaba mirando para otro lado de la habitación acompañado de una mujer en un vestido y saco de invierno, que tenia los anteojos puestos y las manos en la mitad de la mesa. Esperando, deseando, el contacto de las manos que jugaban con el sobre azul. Estaba volviendo para mi madre, quien tenia los ojos levemente rojos y mojados, cuando fui testigo al adiós de estas dos personas, un beso rechazado, contacto frío, unas palabras del padre, y una tristeza en la madre con un miedo en las ultimas palabras dichas.
“Tadeo te extraña”
Y una repulsión en la repuesta
“¿Como podrías saber?”