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El aliento me fallaba, los músculos me ardían, y el viento era frío, mientras los pies me dolían y hasta quizás los ojos me lloraban un poco.
El camino era empinado, no podía ver demasiado causa de la niebla. Me había mantenido de pie por voluntad y los arboles que no me dejaban rodar hacia abajo, y ademas había hecho una promesa.
Así que estaba rogando por que terminara, por llegar a la cima y caer al piso para respirar y no sentir el correr del corazón.
“¿Ves? Te dije que lo valía”
Era la ciudad que despertaba.
La niebla la cubría como un manto de protección aun asi se veía el leve mover de los autos con las luces entre las calles, a lo lejano se veía el humo con el fuego de las fabricas, y el verde del centro de la ciudad.
Era hermoso, no podía despegar los ojos de ello, aun cuando me ardía el cuerpo y temblaba sin control, porque si lo dejaba de ver, desaparecería, la ciudad despertaría y el encanto terminaría.
No, seguiría viendo esto hasta que cayera, vería los arboles moverse con el viento, las luces de la casa prenderse, el sol salir y bañar cada rincón con luz.
“Es hermoso”
La sonrisa cubría su cara, brillaba en sus ojos y resplandecía en su piel, era tan fácil para el. Un buen día, unas buenas palabras, un momento compartido y resplandecía.
Quizás era egoísta por absorber cada momento y quedármelo, pero era hermoso y no quería compartir los momentos que eran míos
“Ahora, grita”
No llegue a preguntar por que tenia el pecho afuera y gritaba, dolía, no era hermoso, había furia y tristeza, era desgarrador y divertido cuando terminaba por que se reiría y me miraría.
Expectante, ansioso, hasta que empezara devuelta a gritar y me tomaría unos segundos de gritar con el hasta que los pulmones nos quemaran y la voz se nos quebrara.
“¿Que estas pensando?”
La nieve se estaba derritiendo, se veían los colores muertos de la naturaleza, los arboles desnudos, con la tierra dormida.
La desolación del frío hacia que se compartiera el silencio y el espacio de la situación, y podía escuchar el tap tap de la lapicera con el sentir de los ojos del doctor
“En antes”
Me daba los minutos, los segundos, en la recompensa de una repuesta, mientras el tomaba nota de unas simples palabras vacías. Que nunca llegaría a traducir y explicar, que dejaría con un signo de pregunta.
(Había visto sus anotaciones.)
“¿Que antes?”
No había prestado atención a la habitación, a los libros en los estantes, la alfombra en el piso, el escritorio de madera con los expedientes abiertos que no tenían fotos sin embargo si números, la comida sin tocar en una esquina del escritorio y los ojos grises que observaban mi movimiento por la habitación, dando vuelta un reloj de arena y trazando las letras en los libros.
“Solo en antes”
El suspiro, con el remarcar del signo de pregunta y las palabras que le seguían, habíamos vuelto al circulo vicioso y le siguieron las preguntas de Tomás.
Habían pasado unos días desde la segunda visita con pastelería y jugo nos habíamos sentado a discutir el libro que habíamos leído por ultima vez y mis padres aun creían lo que les decía de mis reuniones de regulación y control.
Estos días estábamos mi madre y yo, mi padre yendo a un viaje de negocio por el resto de la semana, habían sido cenas calladas, con el ruido de los cubiertos y los turnos en la limpieza. Luego con charlas espaciadas en lo largo del día, salida al exterior con Koi que se habían alargado en tiempo y calles, con una visita a los Bruhl, y a veces no se sentía el silencio en una casa tan grande, si ponía la música en alto y seguía leyendo, aunque aun había momentos donde el silencio nos ahogaba
“¿A donde vas?”
“¿Tomaste las pastillas?”
“¿Cuando es el próximo turno?”
Entendía que era protección y seguridad, pero era falta de aire y prision, no era madre y era el control de la blancura, era una descontrol mas.
Por que mis charlas no seguían a ningún lado y todo terminaba con las repuestas a sus preguntas, y cuando caminamos en una ocasión fue en silencio y con los pocos comentarios tirados vagamente para intentar quebrar el ritmo, pero fallamos en prestigios.
“Su apellido es Klein”
Ella estaba saliendo de la habitación, me agarro de la muñeca y lo dijo en un murmuro en mi oido y se fue.
Ese fue el ultimo contacto que tuve con ella cuando salía del edificio, vi el reflejo de su espalda en el vidrio de la puerta, lo que me dijo rompía las reglas, el anonimato, el silencio de los apellidos.
Puesto que ese lugar era conocido por su privacidad sin embargo en ese momento ella me había dado la clave y la llave para romper el sistema y para saber la verdad. Con un sobre de azúcar azul en la mano, y me tardo dos semanas poder sentarme enfrente de una computadora y buscar el apellido con el nombre.
Al principio tomo tiempo, paso el pasar de la opción de todo a noticias, y de ahí fueron horas, noches sin dormir, habitación cerrada, comida guardada y las pastillas semi controladas. Por que era una sobredosis de información y luego era poder entenderlo, era comprender e intentar de aceptar.
Era blanco sucio con colores e inundado de silencios. Del movimiento de la gente, las voces en cada habitación, las zapatillas rebotando contra el suelo, respiración agitada, rápido y lento, era un lugar de opuestos que convivían en paz.
Iba por los pasillos, siguiendo las lineas del piso, que se mezclaban en un arco-iris y los pocos carteles contra la pared que me seguían perdiendo y la gente tenia un segundo pero no las palabras, era mas rápido, mas cómodo con el lugar, y estaba perdido una vez mas. Me tomo media hora poder llegar a la habitación.
Gise estaba sentada al lado de la cama, con las piernas contra el pecho y agarrada de la mano fría del chico postrado en la cama.
Ojos cerrados, la respiración fácil de registrar y maquinas a su alrededor que salían de su pecho, de sus brazos, de su boca. Aun así lo podía ver, los mismos ojos de gato, el pelo negro apagado, con los dedos largos, era el solo que no era el.
Y me quede observando, la piel pálida, los ojos pegados, las ojeras, las mejillas hundidas, la ropa de hospital, lo veía todo y no los podía diferenciar.
“Te Tomáste tu tiempo”
Tome el asiento al lado de ella y me quede por una hora en silencio, mirando los ojos cerrados.
“Eran mis padres los de la visita”
Estábamos en el techo, hacia frío aunque era uno estático, atrapado en nuestros huesos que no levantaba viento y nos quemaba.
Estábamos con frazadas y cerca de la puerta abierta de la cual el calor entraba, veíamos las pocas estrellas que se veían en un cielo semi nublado.
“Te vi”
Una afirmación, y no hubo un comentario de mi parte, no hubo una sorpresa en el uso de su voz, que había estado creciendo en las ultimas semanas. Aunque de forma cotidiana, entre baches de horas y días, entre puertas cerradas y paredes pequeñas, y siempre evitando otros temas
“Solo vienen por…”
Y estaba caminando hasta el borde del techo con la frazada una capa en su cuerpo y se balanceaba entre el vacío y el techo, y tenia la idea de ir y agarrarlo pero no me movía. Me mantenía quieto, mirando, esperando y sabiendo.
“Por que es mi culpa”
Estábamos sentados en la misma mesa esta vez el tenia su propio sobre de azúcar, rojo, el mío estaba en el bolsillo de la camisa, gastado y viejo, pero aun cerrado y abusado.
Veíamos las hojas caer por la ventana y teníamos el sonido de las charlas con el mover de las sillas, se sentía como nuestras noches, en silencio y juntos.
“Vi a Tadeo”
El sobre dejo de girar, los ojos estaban en mi, y no escuchaba mas el movimiento en la habitación. Mis tres palabras habían cambiado la atmósfera en nuestro mundo burbuja y ahora estábamos en la realidad, con sus ojos en mi y yo contando las hojas evitando la realidad en ellos.
“¿Como estaba?”
La voz ya no era cansancio y quebrada aunque tampoco era suave y despierta, aun estaban los rastros del pasado que marcaban su presente. Cuando lo mire a sus ojos, no me miraba mas, el sobre de azúcar se movía una vez mas.
“Bien, bien”
Estaba en un debate, con el morder de los labios, de pasar mis ojos por sus dedos largos, el pelo despeinado, el leve temblor en sus hombros y los ojos negros. Dudaba en las siguientes palabras sabiendo de su peso.
“No fue tu culpa”
Aun así hay una razón por que la curiosidad mato al gato, Sebastian se levanto y se fue.
No respondió mis visitas por una semana.
Los pies creaban olas en el agua, las manos me dolían de la postura doblada, la piel me ardía del sol y mis ojos se me cerraban del cansancio.
Llevaba treinta minutos en esa postura al lado mío estaban las noticias, impresas, remarcadas. Las tenia siempre a mi lado, para leerlas, entenderlas, memorizarlas, y poder dar una salida a este laberinto que se había creado de un error de infancia.
Una grandeza en los dedos, y todos querían de el, sus sentimientos, su alma, el artista poseído por el diablo.
Y el no tenia para el, la consecuencia se la puede ver en tres meses, dos días y un año, se podia ver venir, y aun así fue una sorpresa.
Si cerraba los ojos y la luz del sol me iluminaba lo podía ver, escuchar y sentir.
Las ovaciones de pie, las luces en la espalda, la frente, los dedos, en cada sombra, los telones rojos, verdes, opacos, vivos y muertos.
Despegar y aterrizar y nunca hay tiempo para nada, solo hay teclas, blancas, negras y dedos veloces, hay una rapidez, y no hay cariño, hay frialdad y empuje. Y esta el con su otra mitad, su espejo, su hermano.
De ahí, mis ojos se abren por que no pueden seguir, no pueden continuar en lo que pasa, con luces verdes y rojas, en sonidos agudos, desesperación, gritos, sangre en la piel, en el pelo, en ambulancias, en movimientos rápidos y errores.
En ayuda entorpecidas por borrachos de la noche, en el frenar de una vida y el arrepentir de otra, en adicciones que no debían suceder.
La cama me apretaba, sentía los resortes intentar romper la ultima barrera entre yo y ellos, cada vez que me movía escuchaba el crujir de ella, y mi mente se peleaba entre el temor en el ataque de un resorte y la posibilidad de que me desangre por uno. El que ganaba en mi mente era la indiferencia.
Ese día no había logrado salir de la cama, los pies no habían tocado el piso frío y los ojos se mantenían abiertos por unos minutos. Habían pasado a revisarme, con breves conversaciones cortadas por mi silencio, las pastillas la dejaron en la mesa de al lado, y el blanco se había vuelto cómodo y seguro.
No tenia hambre, al baño debía haber ido unas tres veces y sentía el cansancio en las venas, en el respirar. Quería preocuparme, quería luchar sin embargo me tome las pastillas y dormí por horas.
“Quiero estar solo”
Estaba sentado contra mi cama, su cabeza apoyada en mi colchón y los ojos cerrados.
Para cuando la luz del sol entro por la habitación, y yo abría los ojos, el se había ido, me había dejado al lado de la almohada un sobre de azúcar azul.
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