Estoy sentada en un precipicio, con el constante clic clic clic de la lapicera que se balancea entre mis dedos, las hojas de mi cuaderno se mueven con el viento, mis labios ya deben estar violetas del frío.
Vine acá hace unas tres horas ya y no me he movido, he repetido por lo menos cinco canciones, y el sol se está por poner, pero no me muevo.
Estoy esperando a que las palabras se presenten y traigan una historia a mi mente que pueda traducir en tinta y dejar la permanente entre las hojas de un cuaderno que se esconde debajo de mi cama.
Sin embargo, mi mente está pensando en bananas para el desayuno, el color amarillo de la campera y la distancia de las estrellas. Está pensando en posibilidades y varios inicios pero ningún contenido para el relato.
El tiempo transcurre y el clic clic clic se vuelve insoportable, así que apoyo la lapicera entre dos rocas que tengo a mi costado, balanceo las piernas, suponiendo en las probabilidades de sobrevivir si me cayera ahora.
Si por un terremoto o error me deslizara al vacío y al ruido de las olas golpeando las rocas, la parte lógica de mi cerebro sabe que moriría rápido y en un dolor de diez segundos que se sentiría eterno. No obstante la parte de ficción cree en las maneras de vivir y la vida que le seguiría a eso.
Veo al horizonte y puedo visualizar el reflejo del sol en el mar, soy testigo al momento en que el sol puede llegar a acariciar a la tierra. Son íntimos por unos minutos, con los tonos rosas de su rubor y el naranja de su amor, el agua que brilla con su luz.
Pienso en la belleza de la naturaleza y del amor, de esos segundos de contacto y magia, donde se pueden hablar y se pueden enamorar, y sin darme cuenta, tengo la lapicera en la mano, y escribo.
Tacho, escribo, con tinta en los dedos y palabras mal escritas, sin comas y puntos, escribo lo que mi mente me dicta. Dicta rápido. Los renglones se van completando, con la lengua reposando en los labios y los ojos sin pestañear que miran la hoja, pero no absorben las letras.
Luego, miro al sol que lentamente se oculta detrás de su preciada agua, de su tierra querida para dejar paso a su amante la luna, sigo escribiendo, dejando que estos breves minutos me sigan alumbrando en el desarrollo de la historia.
Lo siento en la punta de mis pies, y en los aguijones en mi estómago que estoy cerca, estas son las últimas palabras de mi protagonista. Irónicamente las primeras. Estoy nervioso y ansioso, estoy cometiendo más errores, aun así me apresuro porque la luz se me escapa y con ella mi musa.
Escribo sin pensar e identidad, los labios están cerca, con la respiración agitada y las piernas dobladas, cerca del clímax, ahí no más, me tiembla la mano y debería tomar un respiro, pero en mi piel siento el frío de la noche y el agua está dejando de brillar.
No puedo, debo seguir, no quiero, estoy ahí no más, así que continuó, él se está yendo, no obstante ella lo detiene, lo agarra, los rayos del sol se esfuman y casi veo la primera estrella, pero ella ya lo tiene cerca, sus labios están ahí.
Un empuje, y el relato estará completo, ahora siento sangre en mis dientes, siento mi corazón en la garganta y mi respiración está contenida, los dedos de mis pies están doblados y mi pelo baila con el viento.
Él suspira su nombre, las manos de ella están en su cuello, frío y delicado, estamos cerca, casi, con las últimas palabras un eco en mi mente.
Se va alentando mi escribir sabiendo que es el fin, mis piernas se mueven y en ese ah de beso, la luna aparece.
Escucho otro clic y queda mi historia ahí, balanceada entre el sol y la luna, atrapada en ese instante y podría esperar a mañana y que me inspire una vez más. No obstante el casi beso de ellos es su proclamación de amor.
Otro clic, le doy mi firma, clic, me levanto y me voy con mi sombra entre los arbustos y el cuaderno cerrado.
TA.
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