jueves, 19 de marzo de 2020

De los envidiosos

Siempre fui de los competitivos, de esos que guardaban rencor con envidia en las baldosas vacías de su casa. Era de los que en ataque de drama rompían sus escritos y se reía en quemarlos. Era de los maniacos que gritaban noNoNO cuando escribía una palabra mal. Y que escupía a los pies de sus amigos por atreverse a escribir una décima mejor.
Se me negó de adolescencia a juventud en reconocer lo que fue mi mayor impulso, que era mi sed de avaricia de derrotar. Que buscaba bailar en sus escritos y reirme de las vergüenzas de ellos. Que era terroríficamente malévolo porque necesitaba ser el vencedor. Era una razón por la que existir. 
Así que le di bienvenida a todo demonio que viniera por mi, con galletas y sillones le di mi alma a la depresión, con el cerebro como souvenir. 
Y me enterré en los tonos de verde que tenían sus ojos con la estupidez de definir lo que es perfección según mi sociedad. Y les dije que se quedaran, que se acomodaran que buscaban derrocar a todo aquel que alguna vez se digno a leerme una obra que llevara lagrimas a mis ojos y me dejara con esta inevitable fuerza de vencer y mejorar. 
De crecer para ser digno de llamarme su conocido, amigo, amante y familia, porque me sentía avergonzado de que mi don no llegara a crear un nuevo universo que destruyera las reglas de la dicción. 
Me volví un árbol envenenado para no poder leer y escribir sin que se sienta como una batalla a la que me han vencido.


TA.

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