Siempre fui de los competitivos, de esos que guardaban rencor con envidia en las baldosas vacías de su casa. Era de los que en ataque de drama rompían sus escritos y se reía en quemarlos. Era de los maniacos que gritaban noNoNO cuando escribía una palabra mal. Y que escupía a los pies de sus amigos por atreverse a escribir una décima mejor.
Se me negó de adolescencia a juventud en reconocer lo que fue mi mayor impulso, que era mi sed de avaricia de derrotar. Que buscaba bailar en sus escritos y reirme de las vergüenzas de ellos. Que era terroríficamente malévolo porque necesitaba ser el vencedor. Era una razón por la que existir.
Así que le di bienvenida a todo demonio que viniera por mi, con galletas y sillones le di mi alma a la depresión, con el cerebro como souvenir.
Y me enterré en los tonos de verde que tenían sus ojos con la estupidez de definir lo que es perfección según mi sociedad. Y les dije que se quedaran, que se acomodaran que buscaban derrocar a todo aquel que alguna vez se digno a leerme una obra que llevara lagrimas a mis ojos y me dejara con esta inevitable fuerza de vencer y mejorar.
De crecer para ser digno de llamarme su conocido, amigo, amante y familia, porque me sentía avergonzado de que mi don no llegara a crear un nuevo universo que destruyera las reglas de la dicción.
Me volví un árbol envenenado para no poder leer y escribir sin que se sienta como una batalla a la que me han vencido.
TA.
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