domingo, 6 de febrero de 2022

Hoy estuve en una tormenta, de esas que cuando borras las gotas de tu cara crees que estás borrando tu piel porque ya no distingues entre vos y el agua. 

En donde te ríes por el charco que inunda tus zapatillas y agradeces que hoy te pusiste medias y no talco aunque es verano y la temperatura es más alta que vos de puntas de pies. Y es de los días en que el día es negro, pero las nubes se pintan de morado cada diez, cinco, un segundo. 

Es de los días que hay más autos que gente y menos autos que semáforos, de los días que nuestras madres nos dicen: “Prende la tetera, pone el televisor, acurrúcate al gato y deja pasar el día así estás sano y salvo”, Es de los días que la puerta debería recolectar polvo. 

Pero, hoy estuve debajo de la lluvia pasando mi campera mojada por los ojos que no distinguían la vereda de la calle, me sentía como auto sin parabrisas. Me sentía cansada cuando recién iba una cuadra porque el viento era corte en los nervios y las gotas eran lágrimas jamás deseadas. 

No obstante, lo bizarro de todo es que me sentía bien, me sentía de pies ligeros y una música cambiante en mi mente, me sentía qué pensaba en besos bajo la lluvia, paraguas contra viento, lágrimas ocultas en estos disturbios, en pasos apurados y saltos en charcos. Me sentía que estaba bajo la tempestad del mundo, que la naturaleza gritaba: “EXISTO, AÚN EXISTO, NO ME OLVIDES” y yo escuchaba. 

Escuchaba el aullar, el doler, la alegría y el valor, escuchaba la humedad que se pegaba a mi cuerpo y me daba la bienvenida y el suplico de la salvación. Lo sentía en el viento que era la caricia que nunca pude describir más allá de compañía, en las hojas que decoraban mi pelo como si me llamaran de sus raíces, lo sentía en que cuando estaba entre la tormenta no buscaba romance porque ella era dolor.


TA.

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